sábado, 16 de abril de 2011

Atravesando el Perú X


No sé si me inspirará o no estar oyendo Madame Butterfly mientras escribo estos recuerdos; dicen que los hombres no podemos hacer más de una cosa a la vez. Eso le pasaba por lo menos a mi padre a quién no se le podía interrumpir por las mañanas mientras leía el periódico y desayunaba. Claro, en este caso serían tres cosas. Yo lo de desayunar y leer el periódico lo logro hacer bastante bien, pero seguro que no podría oir mientras tanto Madame Butterfly. Sin embargo, hay gente que dice que puede hasta estudiar con música de fondo, algo que yo sostengo que es imposible. Claro, que estudiar, algunos y algunas, lo llaman a "decorar" sus apuntes con rotuladores de varios colores. No digo que eso no sirva para hacer un elemental análisis sintáctico del texto, pero no creo que sirva para hacerse cargo del contenido. Estudiar, de todos modos, debe ser un arte muy personal y cada uno lo hace a su manera. Una forma, por ejemplo, consiste en explicárselo a otro, aunque ese otro sea un ser imaginario. Que la imaginación juega un papel extraordianrio en nuestra vida. De eso estoy cada vez más convencido. Yo a veces me lo explico a mí mismo y hasta logro aclararme. Pero, bueno, a lo que íbamos. Llegamos a Yungay, ciudad desparecida en el terremoto de Mayo de 1970, y de la que ya hemos hablado. Ahora supongo que estará reconstruída. Ya sabemos que la gente se empeña en poner su casa donde estuvo siempre, porque siempre se piensa que eso que ocurrió no tiene por qué volver a ocurrir. Pues no sé qué decir. Cogimos la carreterita de las lagunas de Llanganuco. Creo que eran unos 8 kilómetros. Se trata de un desfiladero. Al llegar a la primera de las lagunas, que fué la única que vimos, me acuerdo que me llamó la atención que los hielos estaban ya allí mismo. Si miramos las fotos de los mapas de Google, da la impresión de que los hielos se han retirado bastante. Es posible. El Huascarán es famoso por varias tragedias, además de la del terremoto del que hemos hablado y en la que creo que también despareció una expedición entera de andinistas que acampaban por allí mismo, aunque ahora dudo si eso fue en esa misma ocasión o en otra, con motivo de un alud. De lo que tenemos buena información es de la tragedia de Pedro Acuña, un montañero bien conocido en España que murió allí en la grieta de un glaciar al clavarse en la caída una aguja de hielo en el pecho. Otro compañero estuvo con él en el fondo de la grieta durante 66 horas, mientras los demás buscaban socorro y volvían a auxiliarles. Claro, eso fue en 1961. Hoy gracias a la radio, o medios de comunicación de más largo alcance que los de entonces, y los helicópteros, hubiera sido todo más rápido. Aquella noche, porque hicimos noche en el refugio de la laguna - por lo menos entonces existía allí un refugio - la mujer que cuidaba aquella casa y vivía al lado con toda su familia nos contó otra tragedia especialmente emotiva. Se trataba de un francés llamado Dominique, un chico joven y guapo, que se había encariñado con sus hijos durante los días de acampada. Había jugado con ellos y les había regalado algunas cosas. Una mañana ascendió, al parecer solo, a la cumbre. Desde allí avisó por radio a los compañeros que había llegado. Esa fue la última noticia que se tuvo de él. No lograron encontrar su cuerpo. Esta historia nos la contaba especialmente emocionada aquella mujer. En recuerdo de aquel muchacho bautizó a su siguiente hijo con el nombre del montañero, Dominique. Estas cosas las oíamos durante la noche, sentados en su cocina, en el suelo, envueltos en ponchos prestados, con un frío penetrante, mientras preparaba nuestra cena y la de sus hijos - de estos conté algo así como siete - y les daba órdenes para ayudarla, órdenes que eran inmediatamente ejecutadas sin discusión. Por el suelo de tierra corrían una especie de ratitas blancas allí muy apreciadas y que les sirven de alimento; son los cuyes. Aquella noche dormimos en el refugio, que estaba vacío; como no encontramos mantas, que allí llaman frazadas, ni llevábamos ropa de abrigo - los ponchos los habíamos devuelto -, pero sí existían colchonetas a discreción, nos tapábamos con ellas. No sé si hubo alguna noche en mi vida que pasara más frío. Estábamos a cerca de 4000 metros de altura. Y sobre nosotros los hielos del Huascarán. Menos mal que aquella noche no hubo aludes ni terremotos.
A esa montaña de la fotografía, cercana al Huascarán, se le ha llamado la "montaña más bella del mundo". Es una pirámide de hielo perfecta. Se llama el Alpamayo y debe tener alrededor de los 6000 metros.

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