sábado, 19 de marzo de 2011

Atravesando el Perú IV


Quisiera en este punto hablar algo de lo que podríamos llamar las “voces del bosque”. Los bosques tropicales tienen su especial encanto. El bosque de la Amazonía es, sin duda, el mayor del mundo y es bastante uniforme. Esa zona de las cabeceras del Amazonas, los tres grandes ríos, el Ucayali, el Marañón y el Huallaga, con sus afluentes a veces tan poderosos como ellos, llamada en Perú “ceja de selva” o “montaña” es la más lluviosa del mundo. Gran parte de ella está prácticamente inexplorada a nivel del suelo. Volando en avión sobre ella, algo que merece la pena, aparece como una densa alfombra verde en la cual se aprecian a veces “claros”, quizás con un poco de pradera o “pasto” alrededor de alguna cabaña, allí llamada “tambo”. También se aprecian, claro está, los ríos con su sinuoso curso y sus incontables meandros. Los ríos amazónicos en gran parte de sus amplios valles no tienen un curso fijo. A veces con las grandes crecidas cambian su curso y dejan meandros abandonados como lagunejos o “cochas”, que dicen allí.
Pero volvamos a las “voces del bosque”. Durante el día mientras arriba luce un sol magnífico e invencible, la vida bulle en el bosque de manera estrepitosa. Es un perpetuo e indeficiente chirrido de miles y miles de insectos que pueblan los árboles. Es constante, no cesa ni por un momento. Por la noche yo no tuve tanta oportunidad de oír esas misteriosas voces, pero sí recuerdo en una ocasión el estrépito de la caída de un árbol – los árboles a veces mueren de puro viejos – y el escándalo que se armó con aquel motivo: chillidos de monos, aullidos, graznidos, gruñidos,... señal de que los animales andaban cerca, aunque no los viéramos. A este respecto quiero traer aquí una cita de Herbert Rittlinger (“Solo por las altas selvas de Amazonía”), que atravesó toda América del Sur, desde Lima hasta la desembocadura del Amazonas en 1936, bajando por el Huallaga, en una etapa de su viaje, en una canoa:
“Había oscurecido, pero no encendí ni lámpara ni fuego. Un vientecillo leve descendía de las montañas al río, justo lo bastante vivo para alejar los mosquitos. Acuclillado delante de la tienda, me puse a fumar una pipa. Estaba sentado bajo el manto radiante y cálido de la noche profunda que se cernía sobre los grandes bosques, detrás de cuyos oscuros muros, al uno y el otro lado del río y del banco de arena, empezaba a dejar oír sus mil voces la vida temible y apacible de la selva. … Tranquilo y rápido, como si no le afectasen los rumores, fuertes o leves de la selva, seguía fluyendo el río, en cuyo oscuro e inquieto espejo reflejábase en diminutos trazos temblorosos la luz de las estrellas. La selva virgen del Amazonas despertaba a la vida profunda de la noche... El disparo (del Winchester 44 ) resonó atronadoramente en la noche y sobre el río. Casi en el mismo instante pareció estallar la selva con un indescriptible estrépito. Elevóse un concierto de silbidos, graznidos, gritos y agudos bufidos...”
Son los “gritos y susurros” del bosque amazónico. A veces no resulta prudente atravesarlo solo y desarmado. Normalmente no pasa nada, claro, pero puede pasar. Me contaba un chacarero que en una ocasión en medio de un camino bien abierto y transitado fue atacado por un puma en pleno día. Muy hambriento debía estar el pobre animal. El puma y el hombre rodaron por el suelo bien abrazados durante unos segundos hasta que mi amigo se dió cuenta de que llevaba el machete sable prendido del cinturón a la espalda. Gracias al machete pudo deshacerse de su atacante que huyó muy malherido. Las uñas del animal dejaron su perpetua marca en la cara de mi amigo. Hay otras historias de boas que también oí contar, aunque los animales más peligrosos con mucho son en general las serpientes venenosas de las que hay una buena colección. Otro tema de cuidado son los parásitos de los que uno no se libra, aunque a veces apenas se entere.
Pues bien, estamos todavía en Tocache, pero dispuestos a seguir Huallaga arriba hasta otro pueblo nada despreciable y que tiene un nombre muy bonito: Tingo María. Por cierto, ¿qué significa “tingo”? La solución mañana.
(continuará...)

5 comentarios:

  1. No creo que vaya por allí, ni sola ni acompañada... porque aunque me encanta pasar miedo en el cine o en la tele, no lo soporto en la vida real, donde me dan miedo hasta los pájaros... Y un árbol que hablara sería lo que me haría "infartar" (no sé si existe esa palabra).

    Un abrazo guapísimo.

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  2. Sabes que siempre te leo y apoyo a que nunca dejes de escribir, sobre todo en esos bajones que padeces de vez en cuando… ¡¡Si eres una mina narrando historias!!
    Te voy a contar un secreto. Toda la vida tuve el defecto de leer a retazos y bastante deprisa. Pues contigo no, voy despacito para no perder detalle. En el poco sitio que ocupa una entrada escondes muchas sensaciones.

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  3. Con todo mi cariño y algo de miedo... muchas gracias por
    La visita... mis amigos son un placer verlos y visitarlos
    Recibiros.
    Feliz semana
    Besos
    Marina

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  4. Tendría que pensarlo dos veces antes de cruzar sola el bosque amazónico,pero bueno, si voy armada tampoco lo descartaría, "qui lo sait?".
    He estado tentada de buscar el significado de "tingo", pero me quedaré con la duda hasta leerlo en tu estupendo blog.
    Un abrazo

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  5. Gracias por vuestros ánimos. Con ese empujoncito voy a tratar de seguir con mis historias. Por cierto, Ana María, existe un libro que se titutla así: ¿Qué significado tiene tingo?. Pero me parece que no es nuestra palabra, porque él se refiere al rapa nui, la lengua de la isla de Pascua (!). Saludos y hasta la próxima.

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