lunes, 14 de marzo de 2011

Atravesando el Perú II


La primera etapa de tan disparatado viaje tuvo lugar durante aquella mañana, y en ella llegamos a un punto que llamaban “Punta Arenas”, que desde luego, no tenía nada que ver con el famoso lugar también llamado así del sur de Chile. Punta Arenas era un punto del río Huallaga donde se pensaba hacer un puente; un puente que tardó años en construirse. En realidad, era el punto clave para enlazar la carretera que venía del sur, la Marginal de la Selva, con el área de Juanjuí, Pachiza, Huicungo, ... Todo esto sería largo de explicar; pero el hecho era que toda aquella región del Departamento de San Martín estaba en aquel tiempo incomunicada con el resto del mundo, porque faltaban dos enlaces por carretera, uno al norte, con la región de Chachapoyas y otro al sur con el Departamento de Huánuco. Los viajes se hacían en avión; los aviones aterrizaban en aeropuertos de hierba, eran generalmente bimotores de hélice y tenían que remontar dos cordilleras para llegar a su destino. La verdad era que, aunque el viaje era rápido y realmente cómodo, a mí me producía como cierto cosquilleo en el estómago. Pero lo que estábamos haciendo aquellos días resultó, como pudimos comprobar enseguida, bastante más complicado que el viaje en avión.
Pues, como decía, llegamos a Punta Arenas. Allí había un campamento para los que trabajaban en la carretera y el puente en construcción. Como íbamos un poco invitados por los ingenieros de la Marginal, fuimos debidamente atendidos. Desayunamos o, quizás almorzamos, en una de aquellas casetas asomadas al río, en un ambiente de paz absoluta. Abajo se deslizaba el Huallaga, que salía del Cajón de Sión. El Cajón de Sión es un lugar realmente notable. Yo lo atravesé río abajo en aquella ocasión en que hice el viaje al revés, de Lima a Juanjuí. Es un desfiladero en el que el río se encaja entre paredes verticales y donde hay que atravesar un llamado “mal paso”, el de Cayumba. Cuando yo lo pasé, el río iba en estiaje y el mal paso era poco peligroso, pero con las crecidas constituía un serio obstáculo, donde mucha gente había perdido la vida. Por lo demás el Cajón de Sión, fuera de ese mal paso, era un lugar tranquilo, de aguas mansas, aunque un tanto impresionante, pues tenía algo de salvaje y extraño. En una ocasión en un lugar no muy lejos de allí pude ver en una jaula dos crías de puma, allí llamado “otorongo”. Nunca ví animales más feroces, a pesar de lo pequeños que eran. Su propietario los había “robado”, contra todas las leyes proteccionistas de los animales, en el Cajón de Sión. Me contaba que los había visto sobre una piedra en la orilla mientras él subía con el bote río arriba. Miró alrededor, y, al no ver a la madre, acercó el bote a la orilla y se apoderó de los dos animalitos, que entonces debían ser muy pequeños. Naturalmente pensaba venderlos, pero tenía que hacerlo con mucho cuidado, porque aquello era un delito. En las paredes del Cajón de Sión había huecos donde anidaban numerosas aves, entre ellas el guacamayo, pariente del loro.
Pues bien, allí estábamos almorzando, bien tratados, porque allí la gente es realmente hospitalaria y a nosotros nos consideraban gente de algún relieve. Una vez satisfecho nuestro apetito, nos pusimos a esperar un volquete, que tenía que subir aquella misma tarde por la carretera en construcción y atravesar la montaña hasta Puerto Pisana, otro campamento en el río Huallaga, más arriba. Lo de esperar en aquellos lugares forma parte ineludible de cualquier viaje. Hay que hacerse a ello. Al final hasta acabas cogiéndole gusto, porque se espera a la orilla del río contemplando el paisaje, observando a la gente, charlando, leyendo,... Lo que es importante es no caer en la tentación de pensar que estás perdiendo el tiempo, la mañana o la tarde. Simplemente esperar es una forma de vivir; y de vivir agradablemente. Allí la gente nunca se enfada por esperar. Lo consideran perfectamente normal. Al fin llegó el volquete. Nos subimos a la caja, pues éramos algo así como veinte personas entre obreros y pasajeros. El viajecito, que debió durar unas dos horas, fue bastante notable. Por una parte la carretera, que estaba en construcción y no estaba asfaltada, tenía bastante barro, lo cual hacía que el volquete, con toda su gente se fuese de un extremo al otro de la carretera con frecuencia, y a veces incluso tendiese a quedarse atravesado en ella. Yo lo pasé bastante mal y hasta hice algún amago de tirarme del camión en algún momento, gesto que fue muy mal tomado por mis compañeros de viaje. La consigna era, al parecer, “o nos salvamos o nos matamos todos juntos”, con lo cual yo no estaba del todo de acuerdo. Así que quedé como “insolidario”. Otros se lo tomaban a broma o criticaban al chófer, que era, según ellos, demasiado timorato; había que darle más marcha y no andarse con tantos cuidados conduciendo.
(continuará...)

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