sábado, 22 de enero de 2011

Recuerdos de un viejo marinero



Aquel año terminaba yo mis estudios de medicina en la universidad de Salamanca. Aquellos estudios eran casi puramente literarios y filosóficos. Se trataba de un saber ordenado, pero vacío. En realidad, apenas te capacitaban para hacer frente a las numerosas enfermedades del género humano, a las pestes que asolaban con frecuencia nuestras comarcas, o para sanar a los soldados que eran heridos en las batallas, aunque por aquel entonces ya se empezaba a conocer mejor la anatomía interna de los seres humanos y se distinguían gran cantidad de plantas curativas. Pero era poco lo que podíamos hacer por los enfermos y por preservar a los hombres de la muerte. Aquellos títulos universitarios más bien los veíamos como una forma de ascender en la sociedad de los poderosos y de figurar en ella. Pertrechados de una palabrería apenas inteligible para la pobre gente, aparecíamos como sabios, pero los únicos que seguían haciéndose respetar en el campo de la medicina práctica eran los curanderos, los hueseros, los yerberos …
Por eso cuando oí hablar de un tal Colombo o Colón que preparaba un viaje hacia los extremos de la Mar Océana y trataba de llegar al Oriente siguiendo la ruta de Occidente hacia los confines del “mar ignoto”, no me lo pensé dos veces. Cabalgué durante diez días camino de Huelva y me ofrecí como “físico” para formar parte de aquella expedición. Después de un breve examen de mis facultades y habilidades, me admitieron para formar parte de la gente de la nao Santa María más bien como marinero y experto en ciencias naturales que como propiamente médico. Así que una mañana antes de rayar el alba levamos anclas en el puerto de Palos y nos encaminamos con La Pinta y La Niña hacia el mar abierto, rumbo a las Canarias. Llegamos a las Canarias en seis días con buen viento y sin más problemas que una avería en la Pinta, que nos obligó a gastar algún tiempo en las islas antes de emprender la travesía. En la isla de la Gomera hicimos el último abastecimiento de agua, leña, carne, queso y otros bastimentos para el largo viaje, un viaje que no sabíamos cuánto podría durar y del que ni siquiera podíamos asegurar que íbamos a volver. Una mañana, pues, de principios de septiembre pusimos proa hacia el oeste y nos fuimos poco a poco alejando de la isla de La Gomera dejando la de Hierro a babor. Creo que cuando perdimos de vista la tierra a todos se nos encogió un poco el corazón.
(continuará...)

5 comentarios:

  1. Esto pinta muy bien, Mirlo, esperamos la continuación con impaciencia.
    Saludos.

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  2. Como díce Rubo, esta historia promete. Estaremos pendientes de la continuación para ver hacia dónde nos lleva tu imaginación....
    Un abrazo y encantada del viaje.

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  3. Si, me gusta. Te veo muy inspirado para llevarnos a buen puerto.

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  4. Estamos en ello... En la lona gime el viento... :)

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  5. Vaya, volviste y con muchos fueros, me alegro. No te hagas esperar tanto. Un saludo

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