domingo, 30 de enero de 2011

Recuerdos de un viejo marinero V


En nuestro viaje habíamos tenido algunas “señales” extraordinarias. A poco de salir de Canarias una “llama” cruzó el cielo y fue a hundirse en el océano. Nunca supimos qué podría haber sido aquello. Aquella noche del 11 al 12 de octubre, día del descubrimiento, todos estuvimos despiertos y atentos para poder divisar tierra en la semioscuridad de la noche estrellada. Hacia las diez de la noche al Almirante le pareció ver una “candela” en la lejanía, que parecía bajar y subir a una cierta altura. El Almirante llamó a algunos que tenía cerca, que miraron y confirmaron la visión. Ya entrada profundamente la noche, cuatro horas más tarde, en las que no dejamos de navegar a buena marcha, hacia las dos de la mañana, oímos un cañonazo procedente de la Pinta. Era la señal convenida para anunciar la presencia de tierra. Al parecer, un marinero subido a la cesta de la gavia, había gritado “¡tierra!”. Gran alboroto en la Santa María. Arriamos velas y seguimos avanzando a poca velocidad hasta que vimos delante a una cierta distancia las sombras innegables de tierra. Entonces soltamos las anclas y paramos. Durante unas tres o cuatro horas estuvimos pendientes, muy excitados y animados, esperando lo que la luz del amanecer nos iba a revelar. Corrió el vino entre la tripulación y demás navegantes, se elevaban oraciones y gritos de júbilo. Algo extraordinario estaba a punto de suceder. “Tierra” significaba para nosotros el éxito de nuestro viaje, poder conocer algo nuevo y hasta entonces desconocido para todos nuestros contemporáneos, y poder pisar suelo firme, renovar nuestras reservas de agua y alimentos,... Esperábamos con ansia la luz del amanecer acodados sobra la borda y proyectado el cuerpo hacia adelante, hacia la misteriosa costa que empezaba a descubrirse ante nosotros. Cuando la primera claridad comenzó a insinuarse en el levante reconocimos una larga costa baja y arenosa, tras la cual se empezaba a adivinar una vegetación frondosa. En la playa un grupo de hombres completamente desnudos nos observaba con curiosidad. Algo que entonces se me pasó por la mente fue esta pregunta: ¿cómo el Almirante podía haber visto luces desde más de 14 leguas de distancia a las diez de la noche, si en aquella isla no había montaña alguna, pues se trataba de una isla baja sin ningún relieve? Y, sin embargo, parece que no solo las había visto él. Entonces ¿aquellas luces estaban en el cielo? Es posible, pero nunca lo sabremos.
Ya a la luz del sol el Almirante flanqueado de sus capitanes y de todas las personas más significadas, enarbolando el pendón de Castilla, bajó a una barca que condujimos hasta la playa. Allí, solemnemente, después de besar la tierra, el Almirante tomó posesión de la tierra descubierta en nombre de sus Serenísimas Majestades. El escribano levantó acta inmediatamente del acontecimiento. Yo presenciaba con el resto del personal y con los “indios” desde una cierta distancia todas aquellas ceremonias. No sé lo que pensarían los indios, porque no hablaban una palabra, pero a mí me resultaba un tanto chocante todo aquello. ¿Qué derecho tenían a apropiarse de una tierra que ni era suya y que ni siquiera conocían? ¿Qué valor podían tener aquellos actos? ¿Quiénes eran aquellos hombres que mudos asistían desde lejos a algo que no podían entender y a los que no se les tenía en cuenta en absoluto?
Lo primero que nos chocó en aquellos habitantes era que estuviesen completamente desnudos – ellos y ellas – sin la más mínima señal de rubor o vergüenza. No sé qué opinarían ellos de nuestras abundantes ropas, cascos, botas y armaduras, con aquel calor que nos hacía sudar copiosamente. Hablaban un idioma por completo desconocido que ni siquiera nuestros intérpretes “caldeos” lograban entender. Solo por señas y a duras penas conseguíamos sacar algo en limpio. La verdad era que no teníamos idea de a dónde habíamos llegado, y que aquello no se parecía nada a lo que esperábamos encontrar: ricas ciudades, puertos repletos de navíos y mercancías, palacios y gente lujosamente vestida, pues así nos habían representado las “islas de las especias”.
Los habitantes de la isla fueron invitados a visitar nuestros barcos a lo que accedieron con evidente curiosidad y allí casi inmediatamente comenzaron los mercadeos. Nuestra gente les ofrecía cascabeles y cuentas de colores a cambio de su algodón hilado, sus alimentos y algunos adornos de oro. Yo como “físico” empecé a pensar en algo que me producía cierto malestar: las mezclas de razas y pueblos diversos, los choques de culturas, siempre habían dejado un saldo importante de enfermedades, que, sin que yo pudiera explicármelo, se “transmitían” de unos a otros. Una cierta tristeza me invadió en medio del júbilo general del descubrimiento.
(continuará...)

4 comentarios:

  1. Está haciendo una gran historia de viajes marineros.
    Le das tantos detalles que me parece ir en el barco con los marineros y estar al lado de los nativos desnudos.
    Felicidades, capitán.

    Un abrazo.

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  2. Recogimos lo poco o mucho que aquellas gentes tenían de valor y a cambio les dejamos enfermedades que diezmaron a muchos pueblos. Te admiro… posees una memoria prodigiosa para poder dominar tan bien las descripciones de aquellos navíos y forma de navegar. Saludos

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  3. Gracias por vuestros comentarios. Por lo menos tengo algún lector, que escribir la historia me lleva algún trabajo, aunque me lo paso muy bien. Estaba pensando continuar luego con los viajes de Vicente Yáñez Pinzón, pero no sé si tendré valor. Son los viajes menores que no sé por qué se les llama así, porque fueron incluso más importantes que los de Colón en lo que se refiere a descubrimientos.
    Un abrazo.

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  4. Siempre he valorado mucho tu fuerte poder descriptivo, posees ese don y facilidad de palabra.
    Yo digo que adelante, escribir es muy complicado y cuesta, pero si fuese sencillo, carecería de todo mérito. ¡Qué te voy a contar, que tú no sepas!.
    Un fuerte abrazo

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