jueves, 27 de enero de 2011

Recuerdos de un viejo marinero IV


Por aquellos días, a finales de septiembre, aparecieron algunos signos que nos llenaban de esperanzas: primero fue un alcatraz que planeó sobre el mar durante unos minutos para luego marcharse y desaparecer, luego algunos pajarillos que revolotearon incluso por unos segundos alrededor del barco. Sobre el mar aparecía en grandes cantidades una “hierba” que nos hacía sospechar que la tierra no podía estar lejos. Incluso vimos una bandada de palomas torcaces pasando en dirección al sudoeste. Todos estos indicios nos hacían sospechar que la tierra no podía estar lejos. Sin embargo pasaban los días y no lográbamos divisar nada en el horizonte fuera de algunos nubarrones bajos que a veces nos hacían equivocarnos y hasta, con disgusto del Almirante, nos obligaron a variar el rumbo en una ocasión. El malestar crecía entre la tripulación. La gente empezaba a temer que si seguíamos alejándonos tanto de nuestras costas se haría cada vez más difícil la vuelta, más aun teniendo en cuenta que los vientos nos serían contrarios. Según yo había oído en varias ocasiones, todas las expediciones a tierras desconocidas se llevaban a cabo teniendo los vientos en contra a la ida para asegurar después la vuelta con los vientos a favor. Este era el único caso en que se hacía lo contrario. La ida era fácil porque llevábamos constantemente el viento en popa, pero ¿cómo regresaríamos? Los marineros y la gente principal murmuraban en voz baja en la bodega o en pequeños corrillos. Se empezaba a tildar al Almirante de loco o ambicioso, se decía que tratándose de un extranjero no encontraría muchos apoyos ante los reyes y los jueces, si decidíamos tomar el barco e iniciar el regreso. Pero otros preguntaban cómo nos las arreglaríamos para conducir la nave nuevamente a Castilla, pues ignorábamos las rutas oceánicas y no sabíamos qué secretas soluciones guardaría todavía el Almirante, que, por otra parte, parecía muy seguro de lo que hacía. El Almirante se daba cuenta de todas estas ahogadas sediciones y un día reuniéndonos a todos en el castillo de popa nos advirtió muy enérgicamente que si alguien intentaba hacer fracasar el propósito del viaje tendría que vérselas con la justicia, pues tenía en su mano todas las cartas necesarias para hacer lo que estábamos haciendo.
Pero la búsqueda de tierra seguía siendo infructuosa. Quizás, decían algunos, hemos soprepasado ya algunas islas y tal vez nos convendría llevar una ruta en zig-zag para ir “barriendo” la mayor cantidad de superficie posible. El Almirante se negó absolutamente a hacer tal cosa. Él tenía sus ideas claras y no quería dar la impresión de ir perdido por los amplios mares. Los capitanes de las galeras empezaban a ponerse nerviosos también y le concedieron al Almirante un plazo de tres días para seguir explorando. De no obtener resultados, nos volveríamos de una forma u otra. Llevábamos más de treinta días de navegación y no habíamos visto tierra, algo inaudito en toda la historia. Entonces circularon entre el Almirante y los capitanes algunas cartas de navegación y otros papeles. Estas son mis razones – dijo el Almirante. Parece ser que los capitanes se quedaron más o menos conformes. Una de las cartas que yo alcancé a ver, por una verdadera casualidad y con mucha discreción, está ahí arriba. Y hasta parece que en ella está calculada la distancia hasta Cipango; cuatro mil millas italianas (unas mil leguas) en números redondos desde la isla de Hierro.
Por otra parte no cesaban los indicios de tierra todos los días; pájaros en cantidad, pájaros de tierra, peces en abundancia que solo viven en aguas someras en la proximidad de las costas, e incluso palos y ramas propias de tierra flotando sobre el mar. Al fin, el Almirante, no sabemos si por su propia iniciativa o por consejo de los otros capitanes, se decidió a hacer algo mediante lo cual los portugueses habían descubierto varias veces islas en mar abierto: guiarnos por el vuelo de las aves. Al atardecer grandes bandadas de aves de tierra volaban en masa hacia el sudoeste. Suponíamos que volverían a sus dormideros. Así que hicimos variar el rumbo levemente en la dirección del vuelo de las aves. Aquel día la proximidad de tierra se mascaba ya en el ambiente; los indicios eran abrumadores, la tierra casi se olía, de tal forma que el Almirante nos alertó a todos para estar atentos durante la noche escudriñando el horizonte. Había un premio para el primero que descubriese tierra. Y habría que acercarse con cuidado durante la noche no fuéramos a encallar o a estrellarnos contra los arrecifes.
(continuará...)
(Nota: La milla italiana debería llamarse mejor "milla romana". Una milla para los romanos eran mil pasos; pero los pasos para ellos eran 'dobles pasos'. Un paso corresponde a 74,05 cms. El doble paso, por lo tanto, será 148,1 cms, y, por consiguiente la famosa milla italiana serán 1481 metros. Para los romanos un pie eran 29,62 cms. y 5 pies eran un doble paso. Por lo tanto una milla eran 5000 pies. En el mapa de Toscanelli, según una carta que se supone que recibió Colón, se dice que cada cuadradito medido a lo ancho son 250 millas. Entre Canarias y Cipango contamos 16 cuadraditos. De ahí salen las 4000 millas (5924 Kms.), algo más de la distancia de América a Canarias. Es curioso hasta qué punto el paso real de marcha de un hombre adulto se ajusta a esas medidas romanas. La legua marina era llamada "milla cuatro", porque contenía exactamente cuatro millas, según explica también Toscanelli en su famosa carta. Colón debía haberse tropezado por el camino con la legendaria Antillia según esa carta, la isla de las siete ciudades. Pero se ve que no tuvo tanta suerte. :)
Un buen artículo sobre medidas: medidas antiguas

4 comentarios:

  1. De nuevo, con la miel en los labios y esperando la continuación.
    Muy buena historia.
    Un abrazo de casi viernes.

    ResponderEliminar
  2. Gracias, Towanda. Que pases bien un casi fin de semana, :)

    ResponderEliminar
  3. ¡Anda! Debe de ser por la hora y estoy lenta de reflejos…! Pensaré con calma lo de la milla. Buenas noches

    ResponderEliminar
  4. Buena y con ritmo.
    Gracias por instruirnos sobre la milla. Personalmente nada sabía y ahora he adquirido un nuevo conocimiento, además de forma muy amena.

    ResponderEliminar