martes, 25 de enero de 2011

Recuerdos de un viejo marinero III


En la nave, de solo unos 100 pies de eslora y unos 28 de manga, con un solo piso de bodegas, casi llena de bastimentos, viajábamos unas 40 personas, que apenas nos revolvíamos. Además algunos de los viajeros eran hidalgos o “gente de nota” que no participaban en los trabajos comunes. Los que íbamos como simples marineros teníamos que desarrollar no poco trabajo, desplegando y arriando velas, reparando averías, manteniendo limpia la nave, cambiando cordajes, tensando jarcias, etc...Una de las tareas inexcusables de todos los días consistía en achicar el agua, que de una forma u otra se nos colaba dentro de la nave. Aunque bien calafateada, la nao hacia agua constantemente; la sentina siempre estaba llena. En la sentina se mezclaba el agua del mar que entraba por grietas, agujeros y ranuras del casco, producidos por la broma, y desde las salpicaduras de cubierta, con nuestros propios residuos. El olor era generalmente inaguantable. Constantemente teníamos que hacer trabajar a las bombas para que no se cargase demasiado el fondo del barco, aunque también es verdad que esa cantidad de agua actuaba como lastre y equilibraba la nave.
Al mediodía hacíamos la única comida del día. Nos sentábamos en cubierta y se nos servía la sopa con algún tropiezo y un poco de galleta. Para terminar una manzana o una naranja y unos tragos de agua. Los domingos se nos añadía un trozo de cecina y unas cucharadas de arroz hervido. La verdad es que el hambre nos tenía acogotados. Lo que más deseábamos, la verdad, era poder pisar tierra firme para dejar de balancearnos y comer algo fresco. Por las tardes se nos servía un poco de vino para “alegrar el corazón”.
En las tardes, mientras se ponía el sol, teníamos un rato de descanso. El cielo adquiría intensos tonos rojos, luego se oscurecía y se empezaba a llenar de estrellas. Entonces nos sentíamos especialmente pequeños, desamparados, perdidos y un tanto sobrecogidos sobre la mar inmensa y con el cielo sobre nuestras cabezas. Era el momento en que interrumpíamos nuestros trabajos y nos juntábamos en la popa para cantar la Salve, la “Salve marinera”: “Salve, Reina de los mares, esperanza nuestra, a ti llamamos los desterrados hijos de Eva...”. Era un momento solemne, de especial belleza. Luego, sentados sobre rollos de cuerda o las tablas de cubierta, algunos marineros nos entretenían con historias y cuentecillos, uno cantaba algo a la guitarra, se repartían unos tragos de vino y unos trocitos de queso, de buen queso de oveja y de cabra, se nos acercaban el Almirante y otros personajes, conversábamos unos con otros...; pero a veces nos quedábamos también completamente callados, sumido cada cual en sus propios pensamientos, mirando el cielo y el mar. Era como si algo misterioso y un tanto amenazador se extendiese sobre las aguas. Nos alejábamos hacia lo desconocido, nos alejábamos cada vez más de nuestras costas, de nuestros hogares y familias, de nuestra tierra. Entraba la noche. Se repartían los turnos. El Almirante se quedaba largo rato mirando las estrellas y como aspirando los vientos, preparado para cualquier cambio o alguna posible tormenta.
(continuará...)

2 comentarios:

  1. Algo misterioso se extiende... ¿qué será?, pues habrá que esperar al siguiente capítulo.
    Un abrazo.

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  2. Un buen relato y un gran trabajo de investigación... ¡Me gusta!

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