miércoles, 22 de diciembre de 2010

Los Reyes de Vicentín - Cuento de Navidad



Yo no sé si fueron mis primeros Reyes Magos, seguramente no, pero también es seguro que fueron los primeros que recuerdo. Pasaba yo aquellas Navidades en Avilés con mis abuelos maternos. Eran los tiempos de la posguerra, tiempos difíciles, y había que repartir los hijos, que además eran muchos, por distintas casas. Los niños de entonces estábamos todos “militarizados”; efectivamente, había terminado nuestra guerra todavía hacía poco y había empezado la otra, la mundial, que estaba en pleno apogeo. Nuestros padres, nuestros tíos, habían estado en las trincheras. Todavía en el armario de la habitación, que yo ocupaba, colgaba un “capote” militar, y en uno de los cajones descansaba una bayoneta en su funda. Por aquellos días Alemania parecía imbatible, triunfaba en todos los frentes; todavía no habían comenzado sus problemas. Por eso calculo yo que podríamos situarnos hacia 1940, 1941 o incluso 1942. Con lo de “militarizados” me refiero a la exaltación con la que se veía todo lo referente a la guerra, las armas, los uniformes, los desfiles,... Visto con los ojos de hoy todo aquello nos parece horrible y supongo que en realidad lo fue, pero a los ojos de un niño, que, desde luego, no había visto la guerra de cerca y solo oía hablar de ella después de la victoria, todo parecía aureolado por la gloria, el heroísmo, el triunfo, la fuerza,... Los discursos inflamados, los desfiles, el entusiasmo de las masas, los “vivas” y los cantos, las trompetas y tambores, los cañones,... todo eso nos hechizaba. Yo por entonces dormía en un “cuartín” que daba al comedor. En la misma esquina del comedor, junto a la puerta de mi cuarto estaba la radio, una de aquellas radios familiares, que todos habremos conocido, grande y solemne, en la que mi abuelo y mis tíos oían los “partes” y las noticias del mundo todas las noches mientras yo me dormía. Conservo cierta nostalgia de aquellas noches: oír los comentarios de mi abuelo y mis tíos detrás de la puerta de cristales esmerilados, mezclados con las noticias y la música de la radio, mientras el sueño iba cerrando mis infantiles ojos... Yo ahora estoy todavía queriendo rescatar aquellas noticias que levantaban las exclamaciones de mi abuelo y las animadas discusiones de mis tíos. Quizás el desastre de Dunkerque, el avance de los alemanes sobre París, la Batalla de Inglaterra, la posible o futura entrada de España en la guerra,... Tiempos bravos. A veces me pongo triste y me pregunto: ¿Dónde está toda aquella gente? Todos o casi todos han desaparecido...
Pero sigamos con nuestra historia. Llegó la víspera de los Reyes Magos, noche misteriosa, de ilusión y de sueños. Supongo que yo habría escrito la carta a los Reyes, porque para entonces ya sabía leer y probablemente escribir también. Esa noche me dormí con una inexpresable sensación de felicidad. Y llegó la mañana de los Reyes Magos. Sobre la mesa del comedor de mis abuelos estaban mis regalos; ocupaban toda la mesa. Fundamentalmente se resumían en cuatro: Una pistola “detonadora” en su cartuchera de cuero, un fusil de madera de tamaño natural con su correa y todo, un tambor militar tipo caja, que hasta podía ser afinado, porque tenía en una de sus caras unas cuerdas metálicas que podían tensarse, con sus palillos, y un camión de madera, no voy a decir de “tamaño natural”, pero sí bastante grande para transportar cantidades no despreciables de mercancías. El camión era de tracción animal; es decir, había que tirar de él con una cuerda, pero por lo demás no le faltaba nada. Estaba reluciente, pintadito. El resto de los regalos, pues ya sabemos, el “revoltijo” de peladillas, caramelos y almendras garapiñadas, los libros de cuentos, los lápices de colores y cosas por el estilo. En fin, casi los “reyes” de un niño rico. No habíamos llegado todavía a la edad del “Mecano”; eso fue más tarde, con la industrialización y el desarrollo. Estábamos todavía en la época militar. Naturalmente necesité todo el día para jugar con tantos juguetes y enseñárselos a mis camaradas. Especialmente causaba sensación mi detonadora. Usaba una especie de pastillas de pólvora o “restallones” sobre las que caía el percutor y metía un ruido terrible. El fusil nos servía para “hacer guardias” especialmente combinado con el capote de mi tío que, claro, arrastrábamos por el suelo. El tambor traía aburrido a todo el vecindario y empezábamos a tener problemas con alguno de los vecinos. Después de todo empecé a reconocer que el camión era el que más útil resultaba de mis juguetes y el más pacífico. Así transcurrieron algunos días.
A casa de mis abuelos venía determinados días una costurera que arreglaba los vestidos, zurcía manteles y calcetines y remendaba alguna que otra prenda. Era una mujer joven, quizás no llegaba a los treinta años, viuda, delgada y pálida, y tenía siempre un cierto aire de tristeza. Era muy querida por mi abuela y muy apreciada por su trabajo. Algunos días venía con ella su hijo, más o menos de mi edad, un niño retraído y tímido, que sonreía raras veces y se quedaba acurrucado en un rincón como un animal asustado. Se llamaba Vicentín. A los pocos días de Reyes vino Vicentín. Yo le enseñé muy orgulloso mis juguetes y luego le pregunté qué le habían traído los Reyes a él. No me respondió nada. Como yo insistiese en preguntarle, me dijo que a él no le habían traído nada. Entonces yo le pregunté si había sido “malo”, porque no me cabía otra explicación. No, no había sido malo, contestó su madre desde el otro extremo de la habitación. A mí me parecía muy injusto que yo hubiera recibido tantos juguetes mientras él no había recibido ninguno, así que le ofrecí mi mejor regalo, la detonadora. No quiso la detonadora; incluso me dió la impresión de que esbozaba un pucherito como si fuese a echarse a llorar. Me quedé perplejo. Le ofrecí mi fusil. Tampoco quiso el fusil. Su madre nos miraba con un rostro tristísimo. Cogí mi tambor. Vicentín vaciló unos instantes antes de negar tímidamente con la cabeza. No quería mi tambor. Su madre lo llamó a su lado. Yo me sentía totalmente “desolado”. ¿Qué había hecho mal? Ya solo me quedaba un juguete que ofrecerle, mi camión. Cogí mi camión, que pesaba lo suyo, y fuí junto a él y su madre para ofrecérselo de todo corazón. Entonces en la cara de Vicentín se iluminó una sonrisa angélica, y abrazó el camión con todas sus fuerzas. En el bello rostro de su madre asomaron unas lágrimas. Me dijo que no podían aceptarlo. Atraída por nuestra conversación apareció mi abuela y le hicimos saber el problema. Ella, sabiamente, dijo que aquel era un asunto entre Vicentín y yo. Yo insistí en regalarle mi camión y ahí terminó el problema. Su madre me dió un beso de recompensa. En aquel momento sentí no tener otro par de camiones para regalárselos a su hijo.
Por la noche mi abuela me hizo saber algo que me dejó muy impresionado. Al padre de Vicentín lo habían matado en la guerra. Mi abuela no me dijo en qué bando militaba. Ella creía que eso no cambiaba el problema. Yo también así lo creo. Entonces comprendí la reacción del niño y de su madre. Y desde entonces me hice antibelicista. Creo que el fusil acabó en el horno de la calefacción y la detonadora me la secuestraron para espantar a las pegas (las urracas). Solo sobrevivió algún tiempo el tambor que me inició en mi afición a la música.

7 comentarios:

  1. Me emocionaste… ¡Qué bonita historia de Navidad! Tengo dos nietas pequeñas y yo muchas veces ejerzo de “Cuenta Cuentos” con ellas y encima les gusta oírme. Les contaré la historia de Vicentín que no tiene nada de desperdicio. Por causa de un desgraciado accidente estos días estoy bastante liada, así que aprovecho ahora para desearte a ti y a toda tu familia, unas felices navidades. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  2. Gracias, Marisa. Espero que el accidente no haya sido demasiado grave, Que pases unasa felices fiestas. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  3. Preciosa historia y claramente sentida.
    Ahora intento escribir un libro, no sé como saldrá. Es el segundo, el primero no salió todo lo bien que pretendía.
    Mi historia también transcurre durante la época de la posguerra en España.
    Un abrazo y te vuelvo a desear Felices Fiestas

    ResponderEliminar
  4. ¡Enhorabuena! Siento admiración y respeto por la gente que es capaz de escribir un libro. Espero que me vayas informando de cómo va la cosa. Yo conocí a algún escritor. A uno en concreto le pregunté "cómo se hace eso". Me dijo - todavía lo recuerdo, porque me llamó la atención - que un libro se trabaja por capítulos; cada capítulo viene a ser una unidad independiente que se trabaja aparte. Luego se va ensamblando el conjunto. Claro, hace falta un cierto plan general. No es que quiera darte consejos, pero a lo mejor te vale la sugerencia. Pues ánimo. ;) Feliz año.

    ResponderEliminar
  5. Gracias Mario, creo que tú serías plenamente capaz de escribir, no sólo un libro, sino, varios.
    Siempre me ha impresionado tu fuerte dosis descriptiva, cargada con ciertos "toques" de misterio.
    Tienes una capacidad asombrosa para hacer ver a través de las letras y eso es sumamente complicado.
    Un saludo.

    ResponderEliminar
  6. Gracias, Ana María. Lo de las dotes descriptivas debe venirme de las clases de Ciencias Naturales. Ya sabes, son ciencias eminentemente descriptivas... Lo del "toque de misterio", pues no sé, eso debe de ser por las muchas películas que ví y de las novelas de Agatha Christie...
    Siempre digo que a mí me gusta escribir aquello que me gustaría leer. A lo mejor te sirve a tí también. Saludos.

    ResponderEliminar
  7. Hey, I am checking this blog using the phone and this appears to be kind of odd. Thought you'd wish to know. This is a great write-up nevertheless, did not mess that up.

    - David

    ResponderEliminar