martes, 14 de diciembre de 2010

El Color de los Acordes II




Capítulo II

Por fin estaba su memoria. En plena juventud su memoria era magnífica. Su memoria estaba llena de imágenes visuales, esas imágenes de las que ahora no podía disfrutar, pero que él atesoraba como piedras preciosas, imágenes brillantes, espléndidas, de rostros, rincones, paisajes, objetos,... Era como abrir una colección de fotografías de toda su vida, especialmente de su infancia. En la oscuridad de su conciencia refulgían escenas de su niñez: el rostro sonriente de su abuela, la figura apuesta de su padre, el verdor de un prado, el cielo azul de un día de verano, el mar “riente” y la playa amplia de fina arena blanca, las oscuras montañas inscritas en la lejanía... Recordaba con extraordinaria exactitud los detalles de sus imágenes y se entretenía con ellas durante largo tiempo, las regrababa, las guardaba como una herencia, que temiera perder para siempre, para que nunca se le fueran de la memoria, como cosas que quizás nunca volvería a ver en la realidad.
Para no estarse todo el día sentado o echado, aprendió firmemente una serie de itinerarios que le permitían moverse por la casa y sus alrededores. Eran como mapas mentales que tenía perfectamente determinados con precisión. Como conocía su casa, sabía en todo momento dónde estaba, hacia donde estaba la puerta, dónde había un mueble o una butaca, cuántos pasos tenía que dar para trasladarse hasta un determinado lugar o doblar una esquina. Iba tocando con suavidad a su alrededor las paredes, los muebles, los diversos objetos...
Con el tiempo se pensó en la posiblidad del Braille, de poder leer por el tacto. Se buscó un profesor y comenzaron las clases. Tardó una buena temporada en aprender a reconocer los signos de las letras y los números. Como si hubiese vuelto a la infancia, tuvo que aprender a leer “el Catón”, las veintinueve letras del abecedario y los diez dígitos, con gran paciencia y perseverancia. Diariamente venía el profesor, que se estaba con él más de dos horas. Luego él solo repasaba incansablemente y trataba de reconocer cada letra, bien siguiendo el orden del abecedario o en palabras o frases sencillas, del estilo aquel de “Mi mamá me mima”. Poco a poco fue capaz de leer palabras, vocabularios, frases enteras. Era como aprender un idioma.
Otra experiencia que empezó entonces a tener fue la de la música. Siempre había sido aficionado a la música, pero nunca había aprendido a tocar ningún instrumento. En la casa había un piano donde a veces tocaba algo su madre, porque los demás habitantes de la casa nunca habían tenido tiempo o voluntad suficiente para aprender algo. En sus largas horas de inactividad forzosa Fran empezó a acercarse al piano, que por suerte estaba bien afinado, cosa bastante rara en general. Pulsaba una tecla y se quedaba “saboreando” el sonido de la nota. No le fue difícil reconocer la escala, por lo menos de las teclas blancas, y empezó a tocar de oído sencillas melodías; luego hacía dúos y hasta acordes de tres notas con una sola mano. Empezó a experimentar con los acordes; le parecía que cada acorde tenía como un “color” especial e inconfundible. Cuando enlazaba una serie de acordes seguidos combinados con notas sueltas podía juzgar si éstos “tenían sentido” o no. Era como en el lenguaje: una palabra puede tener sentido dentro de una frase o no tener ningún sentido; así le empezó a parecer a medida que iba aprendiendo a enlazar notas y acordes en frases “con sentido”. Estos experimentos le llevaban mucho tiempo. De sus dedos empezaban a surgir extrañas melodías, combinaciones de acordes sorprendentes entrelazadas con fragmentos de cosas conocidas. Fue para él todo un descubrimiento este panorama de la música, de la música improvisada, creada por pura experimentación.
Con el tiempo fue capaz de leer en Braille de una forma pasable. Como tenía que leer muy despacio meditaba cada frase y hacía una lectura muy concienzuda. Cada frase era descifrada, comprobada y meditada. Entonces notó el poder tan especial que tienen las palabras, cada palabra y el papel que cada una juega para producir sentido en la frase.
(continuará...)

4 comentarios:

  1. ¡Te visito y me encuentro que ya vas en la segunda parte! ¿hay más? me ha gustado mucho sobre todo como desarrollas todos sus descubrimientos. Un placer leerle Sr Mirlo.

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  2. Me suscribo al comentario de su, leerte es todo un placer.

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  3. Preciosa lectura… a pesar de su desgracia, transmite paz.

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  4. Gracis a todas. Podéis leer la conclusión. Final feliz. Un saludo.

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