domingo, 12 de diciembre de 2010

El Color de los Acordes I



Capítulo I

Fran se había quedado ciego con veinte años. Se trataba de una extraña afección, que comenzó con unas sombras molestas que le rondaban por todo su campo visual y acabó por cerrar una oscura cortina sobre su vista. En vano se acudió a oculistas y médicos de varias especialidades. No hubo un diagnóstico claro y se desaconsejó una operación. Fran se quedó a oscuras. Al principio se le hacía extremadamente duro aceptar su situación. Lo más terrible para él era despertar del sueño y no poder ver. Aquello le condujo casi hasta una completa desesperación. Menos mal que sus amigos, sus padres y hermanos le ayudaron no poco a conformarse con su estado. Siempre le decían aquello de que hay cosas peores, pero eso no le servía de mucho consuelo.
Una terrible depresión le hundió durante una temporada en la oscuridad de su ceguera. Pero con el tiempo no tuvo otro remedio que acostumbrarse a su nueva situación. Además, como se suele decir, la juventud puede con todo. Al tener que pasarse largas horas sin hacer nada, sin poder leer, ni pasear, ni ver la televisión, ni internet, se empezó a dedicar a escuchar. Primero, claro está, se entretenía con la radio y los CD's de música e incluso con la televisión, aunque no pudiera ver ninguna imagen, pero acababa cansándose de tanta noticia e información, de tanto ruido, de tanta música “enlatada”. Entonces apagaba todos sus cacharros y simplemente escuchaba, escuchaba atentamente a veces durante horas enteras “el silencio”, más exactamente eso que nosotros llamamos silencio, pero que en realidad está poblado de susurros, leves chasquidos, roces, zumbidos, lejanos ecos,... Aprendió a distinguir los sonidos: el silbido del viento, el rumor del agua en las tuberías, el repiqueteo de la lluvia sobre los cristales o sobre el tejado, los pasos de su madre en la habitación de arriba, el zumbido de los motores y de las llantas de los coches en la carretera, las puertas que se abren y se cierran, el “laboreo” de la señora, que trabajaba en la cocina, o de la limpieza... Sabía perfectamente si él se encontraba dentro o fuera de casa, si la ventana estaba abierta o cerrada, si había alguien en casa o en la habitación. Percibía con toda seguridad la presencia de personas, del perro y del gato. Si hacía buen tiempo, salía al porche de la casa, se sentaba allí y prestaba atención al canto de los pájaros, tan variado, al susurro del viento en los árboles, al ruido opaco de las gotas de lluvia sobre la tierra y el gorgoteo del agua en los canalones... Se dió cuenta también de cómo el viento “canta” de diferente manera en los pinos, los cedros, los abetos y en los árboles de hojas anchas, como los castaños o los álamos. Estaba asombrado. Permanecía durante horas quieto, mudo y atento, como el que contempla un paisaje.
Con el tiempo vino otro sentido en su ayuda. Fue el olfato. Empezó a reconocer y distinguir olores. Al principio fueron los olores de la cocina, que no le desagradaban en absoluto. Al contrario, le despertaban el apetito y le informaban con exactitud de cuál iba a ser el menú de la próxima comida. Después empezó a aspirar con satisfacción los “olores de la mañana”, como decía él, y de la “noche”. Era el olor del aire, el aire limpio y fresco que entraba por sus pulmones, aire reconfortante, que le despertaba ganas de vivir. Luego empezó a reconocer el delicado olor de las plantas y las flores, del campo, de la tierra mojada, de las casas y los distintos lugares de las mismas, de la ropa limpia, y el olor de las personas, que le permitía reconocerlas incluso a cierta distancia. Con las personas no se equivocaba nunca. Era imposible sorprenderlo: reconocía sus pasos, sus carraspeos, su respiración, sus jadeos, su voz, por supuesto, y su olor. También le agradaban las conversaciones; aparte de las cosas que la gente expresase, era capaz de notar hasta las más leves inflexiones de voz, y los matices del tono y la intensidad con que eran pronunciadas las frases. Apreciaba la voz grave, lenta, de algunos hombres y la voz aflautada de algunas mujeres. Nunca hasta entonces había sido tan capaz de comprender una conversación y de conocer a los contertulios. En las conversaciones participaba poco. Prefería escuchar sencillamente.
Otro sentido que vino en su ayuda fue el del tacto, ese sentido tan rico y polivalente. Acariciaba las cosas a su alcance, la mesa lisa, la lana de los vestidos, los bordes de los muebles, el terciopelo de las butacas,... Notaba la caricia del sol y la mordedura del frío, con especial intensidad. Reconocía la forma de los objetos, su peso, su temperatura. Retenía por un momento la mano que le tendían y se consideraba incluso capaz de poder juzgar algo sobre la persona cuya era la mano; había manos duras, enérgicas, huesudas, carnosas, fofas, flojas, secas, sudorosas,..
Otra sensación relacionada con el tacto era la sensación de su propio cuerpo. Empezó a “darse cuenta de su cuerpo”, algo de lo que había oído hablar, pero que nunca había experimentado. Sentía su propio peso, el peso de su cuerpo, su estado de tensión o relajación, la sensación de descanso en las piernas, el trabajo de las vísceras,... hasta casi la circulación de la sangre en sus grandes vasos, impulsada por el incansable latido del corazón. Era algo que le impresionaba particularmente: sentir latir su corazón, sobre su estómago, en la palma de su mano izquierda, de una forma particular.
(continuará...)

2 comentarios:

  1. Precioso relato. Según se va leyendo, se va adentrando uno en el alma de ese pobre hombre… Es cierto que se aguzan todos los demás sentidos, al faltarte el más principal. Pero qué triste es cerrar los ojos y encontrarse solo en ese mundo, por muy rodeado de gente que estés.
    Me llegaste al alma con este post. Parecerá tonto o cursi pero estos días estoy bastante disgustada. Mi perro se quedó ciego, sin ninguna posibilidad de poder hacer nada. Un saludo

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  2. LO siento de verdad, Marisa. Pues mira que he sido oportuno...
    En el relato solo trato de ver hasta qué punto son preciosos los otros sentidos, pero no creo que puedas hacerle entender eso a tu perro. Sí, se llega a querer a los animales casi tanto como a las personas. Conozco muchos casos de esos. Pues pobre perrito. Supongo que es el que aparece en la foto... Un saludo.

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