domingo, 7 de noviembre de 2010

Un sueño IV



Capítulo IV

Eran como las siete de la tarde. Yo me encontraba leyendo en mi habitación tumbado en la cama. El silencio era absoluto. Mi patrón y su familia habían pasado el día en la casa y se disponían a volver a la ciudad. Enseguida bajaría a despedirlos. Habíamos pasado un buen día.

De pronto me pareció oir abajo voces extrañas. Eran como gritos ahogados y voces broncas. Inmediatamente me puse en pie, cogí mi Browning cargada, y, descalzo como estaba, me asomé a la puerta de mi cuarto en lo alto de la escalera escuchando con el aliento contenido. Sí, efectivamente, abajo pasaba algo. No me lo pensé dos veces. Bajé sigilosamente las escaleras. La puerta del salón-comedor estaba medio abierta. Pasé rápidamente como una sombra y salí al pequeño claustro al que daban dos de las ventanas del salón. Con mucho cuidado traté de observar lo que pasaba dentro. Dos individuos con evidente mala catadura estaban maniatando a mi patrón mientras las dos mujeres estaban contra la pared vueltas de espaldas. En ese momento uno de los hombres que tenía una escopeta de cañones recortados en las manos la arrimó contra la pared mientras se dirigía a las mujeres con un rollo de cinta adhesiva en las manos. El otro seguía ocupado en amarrar las manos a mi patrón. Pensé que era el momento preciso de actuar. Salté como una fiera a la puerta del salón, abrí de una patada la puerta y, encañonando a los dos delincuentes, les grité: ¡Arriba las manos, que no se mueva nadie! Todos se volvieron inmediatamente hacia la puerta. Uno de los individuos hizo un gesto de querer alcanzar la escopeta arrimada contra la pared y yo, que estaba bien entrenado, hice silbar dos balas sobre su cabeza, gritándole que no hiciese ninguna tontería. Los dos delincuentes me miraron aterrorizados. Les grité con toda la fuerza de mis pulmones que se volvieran de espaldas contra la pared mientras me acercaba a ellos con la pistola firmemente cogida con las dos manos. El otro dejó caer un cuchillo al suelo. Creo que en ese momento yo estaba dispuesto a todo. Sabía que no estaba la situación para bromas. Rápidamente mandé a la chica desatar a mi patrón. Luego pedí a éste que cogiera la escopeta y me ayudase a tenerlos quietos contra la pared. Mientras tanto se me ocurrió una idea. Encerraríamos a los dos individuos en la bodega, que no tenía salida posible y cuya puerta yo había arreglado precisamente hacía unos días. La puerta tenía cerrojo por fuera. Mientra tanto avisaríamos a la policía. Con mucho cuidado y gran tensión obligamos a marchar a los asaltantes hacia fuera del salón y los encaminamos a lo largo de un pasillo con la luces encendidas hacia la puerta de la bodega. Abrí la puerta y después de cachearlos rápidamente con el cañón de mi pistola en la nuca de los asaltantes les mandamos entrar. Rápidamente cerramos la puerta tras ellos. Inmediatamente llamamos a la policía. Tardaron algo más de media hora en llegar. Cuatro agentes uniformados, bien armados con metralletas, entraron en la casa. Gritamos a los encerrados que salieran con las manos en alto mientras les abríamos la puerta. Fueron conducidos al coche celular y allí encerrados, mientras nosotros rellenábamos algunos informes.

Los dos sujetos resultaron ser extranjeros y fueron encerrados hasta ser juzgados. Nunca llegamos a saber cuáles eran sus verdaderas intenciones, si simplemente un robo o un secuestro. La familia quedó presa de un ataque de nervios. Aquella misma tarde volvieron a la ciudad, aunque tuve que conducir yo el coche. Por cierto, yo estaba también bastante nervioso. Con el tiempo recuperamos el ánimo y la tranquilidad.

A los pocos días tuve que presentarme en la policía. La cuestión era la pistola. ¿Cómo podía yo justificar la tenencia de aquel arma? Mi respuesta estaba muy meditada. Yo no “tenía” un arma, yo ”había encontrado un arma” en un momento muy oportuno, y la había utilizado en defensa propia y de mis amigos, de los que también era un empleado. No hubiera podido hacer otra cosa. Por las mismas razones mi patrono había utilizado la escopeta, que, evidentemente, no era suya. Tuve suerte de no haber herido a ninguno de los asaltantes. La pistola, al ser un modelo fabricado hacía unos setenta años, tenía, por otra parte, ciertas características de pieza de museo, y así podía ser considerada. El caso fue que de todos modos tuve que entregar el arma, de cuya existencia el dueño de la casa no tenía ninguna idea. Todavía tuvimos que recurrir a un abogado para acabar de dilucidar la cuestión. Después de lo sucedido ya no quise enfrentarme más a la posibilidad de que algo parecido volviera a ocurrirme sin estar suficientemente preparado. Obtuve rápidamente permiso de armas y recuperé mi Browning. De paso me equipé también con otra más moderna. Pero sentía un especial cariño por aquella antigualla.

Llegó el verano y fuí invitado a permanecer con aquella familia simplemente como amigo. Pasamos unos días espléndidos, disfrutamos del sol y del mar, de las buenas comidas y la buena compañía. Desfilaron por aquella casa amigos y parientes y yo tuve que figurar como el héroe del año, algo que no me hacía demasiada gracia. Todo el mundo pudo contemplar el arma milagrosa resucitada de la última guerra, recuperada de la policía, gracias a la cual habíamos solventado aquella difícil situación. Se encomiaba también el valor del que la había usado, pero yo les repetía que en aquellos momentos no había tenido ni siquiera tiempo de pensar en lo que estaba haciendo. Si hubiera pasado algo por mi cobardía, nunca en la vida me lo hubiera podido perdonar. No había podido hacer otra cosa. A veces pensaba qué diferentes pueden llegar a ser nuestras situaciones; solo hacía unos meses que estaba en la calle sin tener a dónde ir y ahora me encontraba celebrado como el salvador de aquella familia y el héroe de la casa.

Un día de finales de aquel verano caminaba yo por el prado recién segado. Caía dulcemente la tarde. Empezaban a madurar los higos y yo estaba ocupado en recoger algunos. De pronto alcé la vista y ví a la hija del dueño, en lo alto del prado. Me saludaba sonriente agitando un sombrero de paja en la mano y luego, poniéndoselo en la cabeza y sujetándolo con la mano, bajó corriendo a mi encuentro. Entonces quedé completamente alucinado. ¡Aquel era exactamente el sueño que hacía algo menos de un año, aquella noche que por primera vez tuve que dormir al sereno, había tenido! Evidentemente había sido una premonición.

El resto de la historia se puede fácilmente imaginar. Un buen día, algunos meses después de los hechos que he relatado, mi antiguo patrón, además de amigo, se convirtió en mi suegro. Desde aquellos días nunca me faltó un techo sobre mi cabeza, desde luego. ¡Ah!, se me olvidaba decir que la vieja Browning, reluciente, figura en mi casa en una vitrina. Sin embargo, creo que nunca se llegará a saber cómo había venido a quedar allá arriba, guardada en una caja, bajo el tejado, sobre una viga. En realidad, aquella casa había sido ocupada durante la guerra en algunas ocasiones por milicianos y soldados. Tampoco sabremos si antes de cogerla yo había sido alguna vez utilizada. Yo prefiero pensar que no.

7 comentarios:

  1. Buena historia sabes jugar con la intriga del arma y todavía nos dejas en la duda... Si quisieras seguir con la historia de la famosa pistola... ¡¡Me gustó!!

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  2. A ver... Pude ser que a la pistola le saquemos todav'ia un poco de jugo. Una oscura historia... A ver si se me ocurre algo... Gracias por tu comentario. :} Hasta el teclado se me ha vuelto loco/.'\[//..

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  3. Que has acertado ¿qué? ¿El sentido del sueño? O ¿tal vez lo del asalto? Me lo explique... Ya veo que has cambiado de foto... No te reconocía, Su. ;)

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  4. Ahora veo que has ido siguiendo la historia capítulo a capítulo...No había leído los otros comentarios. Espero que te haya entretenido. Además acertaste...

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  5. He acertado a medias, en lo que respecta al casamiento, lo intuí en otro capítulo, lo de la imagen de ella bajando en la montaña no lo he acertado y te ha quedado redondo. Me lo he pasado muy bien.

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  6. Me gusta mucho, la forma tan visual que tienes, a la hora de redactar.
    Un abrazo

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