jueves, 4 de noviembre de 2010

Un sueño III



Capítulo III

Unos días maś tarde me llamó el dueño del almacén. Me explicó que habían contratado a una empresa de seguridad para vigilar el almacén, pero que él procuraría que yo no me quedase sin empleo. Le había gustado mi manera de desempeñar mi trabajo. Me avisaría más adelante.

De nuevo me encontré en la calle. Empezaba a sentirme cansado de rodar por las calles sin abrigo y sin amparo. En mis andanzas había conocido a gente del hampa, delincuentes “profesionales”, por así decir. Se me había invitado a agregarme a ellos. Se trataba de “trabajos” relativamente sencillos, mientras tuvieses la conciencia relativamente ancha. Por primera vez sentí el tirón de dejarme resbalar por esa pendiente. Realmente la vida se me hacía cada vez más difícil. Me salvó de la tentación una llamada de mi antiguo patrón. Recibí un mensaje. Debía de presentarme en el almacén inmediatamente.

Entonces me propuso algo interesante para mí: Se trataba de una “casa de veraneo” - así me dijo - no lejos de la ciudad, que había sido asaltada por dos veces y desvalijada. Con un pequeño sueldo se me ofrecía alojamiento.Ya solo el alojamiento era de absoluta importancia para mí. Mi trabajo tampoco resultaría demasiado peligroso. Más que nada se quería procurar – me decía - que en la casa se encendieran y apagaran luces durante la noche y que la gente supiera que allí había alguien. Si era preciso, estaba el teléfono para avisar a los dueños o a la policía.

Acompañando al dueño de la casa, una persona todavía joven, llegué al lugar de mi nuevo trabajo una tarde lluviosa. Más que de una casa de veraneo, se trataba de los restos de un antiguo palacio rural, una casa de piedra, con sus balcones y corredores, su portalón y hasta su escudo. En el interior se notaba la humedad y ese olor típico de las casas cerradas. Una gran escalera conducía al piso superior y un minúsculo claustro formaba un patio interior. En la planta baja estaba también un amplio salón-comedor, la cocina y la despensa. Arriba las habitaciones. En una torre, la única, había también una pequeña habitación que sería la mía. Yo permanecería en la casa los meses que quedaban hasta el verano. Ellos, mi patrón, su mujer y una hija vendrían los fines de semana o de vez en cuando. Yo debía de vigilar casa y finca. Porque detrás de la casa se extendía una amplia finca con prado y arbolado. La verdad es que cuando mi patrón se marchó se me quedó el alma bastante encogida. La soledad y el silencio eran tales que ni siquiera me dejaban dormir.

Durante varias semanas trasteé arriba y abajo por la casa y sus dependencias haciendo algo de limpieza, reparando cañerías y canalones y arreglando goteras. Una tarde al descubrir el tejado para repararlo, sobre una viga, bien cubierto con unas tejas rotas, encontré un paquete relativamente grande. Lo desenvolví. Dentro había una caja de madera y en ella en su cartuchera de cuero un pistolón negro, una Browning de 1935, modelo GP-35, y dos paquetes de balas. Aquel descubrimiento me dejó bastante perplejo e intrigado. Dudé si dejarla donde estaba, entregarla al dueño o esconderla en otro lugar. Pero luego pensé que no me vendría mal, puesto que quizás necesitaría defenderme algún día. Así que bajé con ella a mi cuarto y me puse a examinarla. Aunque yo sabía muy poco de armas, enseguida fuí capaz de extraer el cargador, colocar las balas y volver a ponerlo, quitar y poner el seguro, etc. Después de comprobar que no había ninguna bala en la recámara, la limpié cuidadosamente, la engrasé, la descompuse en varias piezas, la volví a armar... Empezaba a convertirme en un experto armero. La verdad es que con la pistola me sentía más seguro durante las noches. Viajé a la ciudad y me hice con un buen surtido de balas de 9 mm, porque quería entrenarme en su uso. Los días siguientes me ensayé con ella en una cantera abandonada que quedaba al fondo de la finca oculta por la zarzas. Con constancia llegué a manejarla bien. Confiaba en que el ruido de los disparos no alertasen a la escasa población de aquellos contornos. Supuse que el arma aquella debía de haber sido escondida allí durante la guerra del 36, pero no hice ninguna pregunta.

Llegó la primavera. Todo aquel lugar se convirtió en un paraíso. Florecían los árboles y los prados, ronroneaban las abejas, cantaban los mirlos y graznaban los cuervos. Los dueños de la casa menudeaban sus visitas. Me ensayé también como cocinero y empezaron a tenerme aprecio. Yo, en realidad, vivía bastante agradecido a aquella familia y empezaba a tomarles afecto. Especialmente me llamó la atención, como era lógico, aquella chica de veinte años inocente y divertida. Todos me trataban con respeto. Se trataba de gente indudablemente educada y digna. Ellos se dieron cuenta también de que no estaban tratando con ningún analfabeto y no se sorpredieron de verme manejar libros de cierto nivel intelectual. Incluso teníamos agradables conversaciones sobre arte, literatura, cine, etc. Con el tiempo llegaron a tratarme como a un igual y se crearon entre ellos y yo verdaderos lazos de amistad. Ellos tenían confianza en mí y yo, creo, que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por ellos, si fuera necesario.
(continuará...)

10 comentarios:

  1. Pues no se por que me da en la nariz que esto tiene visos de continuar.

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  2. Para mí tiene visos de continuar… ¿nos dejas con la intriga? ¿Quisiste quitarlo de en medio?. No creo más bien se te olvido poner el continuará.

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  3. Exactly... Tiene que continuar... Espero terminarlo el próximo día. Sois unos linces... Al final viene el desenlace, que es siempre lo más difícil. A ver si me dáis alguna idea... Así escribimos la novela entre todos. ;)

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  4. Mario veo que dejaste a un lado lo que me preguntaste sobre las presentaciones, o bien que yo no supe explicarme. Es muy fácil entra en mi blog y debajo de ellas verás “LinkWithin “
    Pulsa en ello y ya te sale la página, solo tienes que poner la dirección, el nombre del blog en que lo quieres poner y el número de imágenes que quieres que salgan, luego lo vas aceptando
    Y listo. Un saludo

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  5. Grazie, Marisa. Verélo luego. Salutations.

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  6. Vaya, por ahora va mejor la cosa, a ver si acierto el final... ya he pensado en uno...

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  7. Veo que tienes conocimientos, en armas de fuego. Yo he disparado con armas largas, pero en fin, ese es otro tema.
    Un abrazo

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  8. No creas que tengo conocimientos, Ana María. Solo tuve en las manos una vez precisamenente una Browning. No me atreví a manipularla demasiado precisamente por el tema de la bala en la recámara de la que siempre oímos hablar en las películas. Y eso fué todo. Lo demás es de Internet. Buscas Browning y te salen todos mis "conociminetos". :)

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  9. Hola, me encantan tus textos, soy nueva en esto y tambien me gusta escribir, pero no se si lo estoy haciendo bien o no, de todas formas me gustaria tu opinion asique cuando quieras te pasas, acepto todo tipo de comentarios no me asustare. una opinión en libre para todos, mi blog es: tu rincon de pensar
    un saludo :)

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  10. Decía que acabo de ver tu comentario, pero no puedo acceder a tu blog. Nop sé de qué depende. Saludos.

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