domingo, 31 de octubre de 2010

Un sueño II



Capítulo II
Llegó, efectivamente, el invierno. Tuve que buscar necesariamente algún refugio. Había casas deshabitadas, ciertamente cerradas, pero vacías. Era posible entrar en ellas, si tenías la suerte de no ser visto, si la casa estaba aislada. Lo importante era no levantar sospechas. Naturalmente, otros pretendían también lo mismo; es decir, había competencia. Podías aliarte con otros, formar parte de una especie de banda, o actuar solo. Yo tuve la suerte de encontrar una casa aislada en las afueras de la ciudad, Durante algunos días y noches observé atentamente aquella casa. Nadie entraba ni salía. Al fin una noche probé fortuna. A altas horas me aventuré a romper un cristal por la parte de atrás y logré correr un pestillo, Abrí la ventana y entré. Me había hecho con una linterna. Exploré con cuidado el interior, arriba y abajo. Nada ni nadie. Subí un colchón al desván, lo tiré al suelo y me acosté. Dormí ocho horas seguidas, algo de lo que ya hasta había perdido la noción. Durante varios días viví allí. Solo salía a procurarme algo que comer. Procuraba salir y entrar con el mayor sigilo para no ser visto. Me había convertido en un okupa.

Luego, una mañana, aparcó un coche frente a la puerta principal de aquella casa. Yo estaba dentro. Bajaron del coche una pareja y un niño y se dirigieron a la puerta. Afortunadamente la casa estaba en perfecto orden y la puerta cerrada, porque yo usaba la ventana de la parte de atrás para entrar y salir. Tuve solamante el tiempo necesario para subir al desván y refugiarme detrás de unos trastos. Había pensado en todo. El colchón estaba también en su sitio, porque yo lo usaba solamente para dormir. Durante todo el día tuve que permanecer en mi refugio. Parece ser que no advirtieron nada especial, porque mi ventana permanecía cerrada y el cristal roto solo se veía desde fuera, porque por dentro estaban cerradas las contraventanas. Al caer la tarde se fueron. Aquello me decidió a buscar otro lugar más seguro.

Al día siguiente en un bar tuve la suerte de entablar una conversación con alguien que me habló de un almacén donde necesitaban un vigilante para las noches; quizás tuvieran algo para mí. Escogí mis mejores trapos para la “entrevista”, trapos que guardaba en mi mochila, mi compañera indispensable, me lavé y me afeité en la casa donde todavía me refugiaba, me peiné y me presenté en la dirección que me habían dado. Me encontré con un hombre de unos cincuenta años, que me estudió rápidamente de arriba abajo en silencio. Luego, sin mucho interés, me preguntó qué era lo que sabía hacer, si había trabajado en algo y en qué, etc. Finalmente me indicó que ya vería, que quizás me llamara; me pidió un número de teléfono. Entonces yo le tuve que decir que no tenía casa ni teléfono... Volvió a mirarme atentamente y luego dijo que “bien, de acuerdo; preséntese mañana aquí”.

Después de algún papeleo me dieron el empleo. Pocos días después me estrené como vigilante de noche. Habían instalado una cámara que enfocaba directamente a la puerta y sus alrededores. Yo desde mi cabina, no tenía otra cosa que hacer que mirar a la pantalla. En el caso de que advirtiera algo llamaría inmediatamente por teléfono a la policía y a la casa de los dueños. Mi trabajo no podía ser más sencillo. De todos modos se me recomendaba dar un par de paseos todas la noches por el almacén “para estirar un poco las piernas”.

Me gustaba mi trabajo. Quizás resultase peligroso, pero eso por el momento no me venía siquiera a la cabeza. Estaba a techo y era suficiente. Además no salía prácticamente del almacén, porque me dieron dentro de él también un “cuartín” donde poder asearme y descansar durante el día, que yo usaba como vivienda, puesto que no tenía otra. Incluso mis comidas las hacía dentro y no salía más que algunas veces a gastarme el poco dinero que me daban en mi nuevo empleo.

Durante tres meses aproximadamente cumplí con esmero mi trabajo. Vivía prácticamente para mirar durante toda la noche aquella pantallita y estaba bien atento a todo ruido, que me pudiera llegar del exterior casi con la mano sobre el teléfono por si fuera necesario. Era todo ojos y oídos. Hacia las dos de la mañana, que venía a ser la mitad de mi jornada laboral engullía con satisfacción mi bocadillo. Luego salía a dar una vuelta por los alrededores de la cabina, encendía y apagaba luces, etc. Durante el día dormía largamente, toda la mañana; me levantaba para comer. Por las tardes daba una vuelta breve alrededor de la zona y volvía rápidamente a mi “casa”. Empleaba bastante tiempo en leer. Allí me aficioné a la literatura, a la buena literatura.

Vivía agradecido, inmensamente agradecido. Tenía un techo, unos muros sólidos detrás de los cuales refugiarme. Nunca había pensado que eso tuviera tanta importancia en la vida de una persona. Me acordaba de un perro que habíamos tenido en la finca de mi padre. No tenía caseta. El perro escarbó con sus patas en la arena un agujero donde meterse durante la noche. Hasta tal punto es importante para todo animal cualquier clase de abrigo. Por lo demás, me distraía con mis libros. Solo lamentaba algo mi relativa soledad.

Una noche me pareció oir un motor fuera del almacén. Miré atentamente a la pantalla y pude ver con claridad cómo cuatro hombres armados con mazas y palancas se acercaban a la puerta de entrada. Inmediatamente llamé a la policía y a los dueños. Apagué la luz y esperé. Descerrajaron la puerta en un momento y entraron, alumbrados con linternas. Rápidamente comenzaron a cargar mercancías en unos carritos y a sacarlas fuera. Yo estaba encerrado en mi cabina, pero aun así me escondí dentro de ella. Alguien tentó la puerta de la cabina y al encontrarla cerrada se asomó a la mirilla de cristal; rompió el cristal de un golpe y recorrió con el haz de su linterna el interior. Yo, escondido detrás del armario, no pude ser descubierto. Prosiguieron tranquilamente su trabajo cargando, al parecer, las mercancías en su furgoneta. De pronto se empezó a oir la sirena de la policía. Inmediatamente desaparecieron todos, arrancaron la furgoneta y se fueron. Llegó la policía, que enseguida prosiguió la persecución de los delincuentes, y el dueño del almacén, que se mostró relativamente satisfecho de que los ladrones no hubieran tenido el tiempo suficiente para completar su trabajo.
(continuará...)

7 comentarios:

  1. Por favor, ingéniatelas para sacar a ese pobre hombre de tanta penuria, dejas el corazón como aquí dicen “arrugao como una mayuca”. Yo tuve a alguien muy cercano con una vida bastante parecida a la de tu personaje, después de tenerlo todo. Se cayó… y ya no pudo levantar cabeza.

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  2. Paciencia... La vida es dura. Yo conozco muchos casos mucho más problemáticos que el de mi personaje. Hay que buscarle un final feliz. A ver si rematamos en le próximo capítulo. :)

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  3. La vida da muchas vueltas, sí, lo que un día luce blanco, otro puede mutar y volverse negro. Pero esas experiencias difíciles, aunque resulte paradógico, también forman a la persona para hacerla más fuerte y completa,(es lo que pienso, pero ¡claro!, puedo estar errada).
    Un saludo

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  4. Esas experiencias difíciles no son deseables para nadie. Yo en mi cuento quise destacar lo importante que es tener un abrigo, un refugio. Yo creo que es algo ancestral y muy necesario. Y también llamar la atención sobre tanta gente que se encuentra realmente así También es verdad que de la noche a la mañana hay gente que se llega a encontrar en esa situación. Algo terrible. Gracias por tu comentario, Ana María.

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  5. No, no, quizá me he expresado mal. Por supuesto que no tener un techo donde cobijarse, va en contra de todo principio. Pero con mi comentario, quería decir, que el cuerpo humano es más resistente de lo que muchos pensamos y se hace fuerte ante cualquier infortunio que nos depare o nos haya deparado la vida, enblobando cualquier aspecto de ella (enfermedad, pérdidas....
    Un saludo

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  6. Sí, eso es verdad. A veces causa sdmiración ver cómo se puede seguir viviendo en condiciones bien difíciles. Sí, el cuerpo se "curte"...

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