miércoles, 20 de octubre de 2010

Un poco de armonía IV


    La progresión de los acordes 
    En una ocasión estaba yo hablando con un teclista de un conjunto. El conjunto era más bien de aficionados, aunque ganaban su dinerillo actuando por fiestas y bodas. El teclista propiamente era guitarrista y debía saber cuatro acordes sobre el teclado, o pocos más, pero eso le servía de sobra para acompañar al cantante, a la batería y las guitarras. Lo malo era que tocaba con una sola mano. Al parecer le sobraba la otra. Por eso lo llamaban “el manco”. A mí se me ocurrió decir una frase un tanto sonora: que necesitaba conocer “las leyes de la armonía” para poder acompañar de una forma un poco más decente. Lo malo fue que me lo tomó muy en serio y luego no hacía más que perseguirme para que le enseñara esas “leyes eternas”, como decía él. Me planteó un verdadero problema porque esas mismas leyes no las conocía yo siquiera. Así que nos pusimos a discurrir los dos juntos sobre las tales “leyes eternas”. Como yo también andaba con la guitarra, esa fue nuestra base de partida. Para los que tocamos la guitarra, o más bien acompañamos, hay una cosa clara: lo que es el tono y los acordes propios del tono. En la guitarra no se emplean prácticamente más que cinco tonos mayores y tres menores. Naturalmente, todos los demás se pueden obtener con cejilla. Cada uno de esos tonos tiene su corte de acompañantes, que prácticamente se reducen a la dominante y la subdominante con sus acordes menores relativos. El problema estaba en cómo se utilizan esos seis acordes propios de cada tono. Por ejemplo, en La Mayor, que es el tono guitarrístico por excelencia, entrarán la dominante, Mi Mayor, la subdominante, Re Mayor, y los correspondientes relativos, fa# menor, do# menor, si menor. Esos acordes (y otros muchos) los conocemos todos los que andamos con la guitarra a cuestas, pero el problema está en cuándo meterlos. Normalmente lo que hacemos es guiarnos por algún “sabio” que ya los ha puesto encima de la letra de la canción y no tenemos más que “rascar” las cuerdas con esa indicación.  Pero lo que nos preguntábamos aquella noche memorable Ramón y yo (ese era su nombre) era el por qué ahora viene precisamente un fa# menor y luego si menor y luego el Mi Mayor 7ª... Yo empecé a tocar la guitarra con un tío mío, que no debía saber mucha música, pero que evidentemente cantaba muy bien – eran los tiempos en que todavía se cantaba – y tenía un oído muy fino. Mi eterna pregunta era por qué se “cambiaba” y a dónde. Él me decía que “se lo pedía el oído” y punto. Nunca pude aprender otra cosa. Eso es como aquello de “porque te lo dice tu madre”, y a callar. Así que aquella noche Ramón y yo nos pusimos a discurrir sobre las “leyes eternas” de la progresión de los acordes, que es el nombre etiquetado. La mejor manera de aprender algo sobre esto es ir observando cómo se hace de hecho en las innumerables canciones que corren por ahí con sus acordes encima. Hay 'secuencias' que se repiten constantemente, como la famosa ii-V. Hay otras leyes inviolables como que toda canción comienza con la tónica y acaba con la tónica inmediatamente precedida de la dominante o de la séptima de dominante. Los libros de armonía solo saben decirnos sobre esto cuáles son las secuencias más frecuentes, porque, naturalmente, todo depende de lo que se le ocurra hacer a la melodía. Frecuentemente una melodía que empieza con la tónica pasa a la subdominante y luego a la dominante para volver a la tónica. Otra secuencia frecuente es I-vi-ii7ª-V7ª-I. Hay “ruedas”, movimientos ascendentes y descendentes, preparaciones y resoluciones,... O sea que la cosa no resulta tan sencilla. Bueno, tendríamos que estudiar armonía. Pero para “andar por casa” nos bastarían unos cuantos trucos. Lo primero que sugiero yo para estudiar una pieza es dividirla en “frases”. Frecuentemente esas frases se repiten, con lo cual simplificamos no poco el estudio. Cada frase es relativamente completa, es decir, termina por una cadencia o una semicadencia, y no suele tener más de ocho compases o menos. Pero también hay frases de frases. Todo es como en el lenguaje: Hay palabras que componen frases, y frases que componen períodos y párrafos. En cada frase se da una secuencia completa de acordes. Examinemos, por ejemplo, el famoso bolero El Reloj – los que somos “carrozas” nos lo sabemos todos - . La estrofa está formada por dieciséis compases, los cuales se agrupan a su vez en ocho unidades de dos compases cada uno. En cada una de esas unidades se repite la misma secuencia : Do – lam – rem7ª – Sol7ª. Con otras palabras una secuencia clásica: I-vi-ii7ª-V7ª. En el estribillo está el momento culminante de la canción, que suele ser el paso a la subdominante – ese paso suele ser como una “apertura” a nuevos territorios - . Son otros dieciséis compases en dos grupos de ocho, y cada uno de estos en cuatro grupos de dos. Aquí hay una pequeña variación en el orden de los acordes, pero las dos frases de ocho compases terminan igual: I-vi-ii7ª-V7ª. Ya tenemos un cliché firmemente asentado, es esa secuencia que vamos a encontrar por muchos sitios.
    Con este tema podemos seguir indefinidamente... A ver si dándole vueltas conseguimos aprender algo. Otro día más.

2 comentarios:

  1. Qué curioso. Siempre recuerdo una guitarra en casa, cuando mi padre empezó fue con un laud y luego se paso a la guitarra, lo más curioso es que no tenía ni idea de música… ¡Pero llegó a tocarla de maravilla! Formó una rondalla y no perdían un solo día ni él ni sus amigos por mucho frío que hiciera en acudir a los ensayos. Aquella rondalla era genial, la formaban: un guardia civil, un sastre, el director de un banco, el empleado de arbitrios y mi padre fotógrafo, alguno más hubo pero ya no recuerdo. ¡Menuda plantilla!... Lo siento no viene de acuerdo a tu entrada, pero me removió recuerdos de cría y me gustó. Saludos

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  2. Sí, yo también recuerdo el tiempo de las rondallas. En mi casa mi padre decidió un día por sí y ante sí que tres de sus hijos tenían que formar una rondalla. Fue a la tienda y compró una bandurria, una mandolina y una guitarra. A mí me tocó la guitarra. Llegamos a tocar algo dos de los hermanos, porque el otro se negó en redondo, el de la mandolina. Desde entonces ando a cuestas con la guitarra. Me hace gracia lo que me cuentas de la rondalla de tu padre. Hablando de guardias civiles yo también conocí a dos que tocaban divinamente la guitarra. Debe ser que lo llevan en "el cuerpo". ;-)

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