domingo, 3 de octubre de 2010

El oro de la quebrada III


Capítulo III

En una de aquellas veladas al sereno, sentados en los bancos de la Plaza, mientras los demás cantaban acompañados por una guitarrra, Éder le estaba contando a Victor algo curioso. Le decía que al abrir el buche de algunas aves abatidas en los alrededores de su chacra había encontrado pequeñas pepitas de algo que quizás podría ser oro. Era posible que se equivocase. Tal vez no se trataba más que de alguna arenita un poco más brillante, pero tenía algunas recogidas y quería enseñárselas.Es sabido que las aves granívoras emplean piedrecitas, que toman del suelo, y las almacenan en su buche para moler los granos. Era probable también que las más brillantes les llamaran más la atención.
Al día siguiente Victor pasó por la casa de Éder. Efectivamente, Victor pudo ver con sus propios ojos unas minúsculas 'piedrecitas' de un amarillo vivo en una cajita metálica. Lo único que se le ocurrió a Victor fue proponerle a Éder ir a la farmacia del pueblo; quizás D. Efraín tuviera alguna manera de decidir si aquello era oro o cualquier otra cosa. Efectivamente, ese mismo día se pasaron por la farmacia. D. Efraín era un viejecito bondadoso, toda una institución en aquel pueblo. No solo expendía medicamentos, y a veces los elaboraba a partir de plantas, sino que también ejercía de médico y de sabio en aquel apartado lugar. D. Efraín tomó aquella muestra con atención entre sus manos y, después de unos momentos de observación y reflexión, propuso tratar de pesarlo en una vieja balanza de precisión que debía de tener por allí en algun rincón de su trastienda. La prueba no era muy concluyente, porque para determinar su peso específico hubiera tenido que calcular también su volumen, lo cual resultaba poco menos que imposible para una muestra tan pequeña, pero sí era posible comparar su peso con el de otras “arenitas” de tamaño semejante. Después de múltiples ensayos los tres se inclinaron a la conclusión de que quizás se tratase efectivamente de oro, de auténtico “oro de ley”.
Esto, a su vez, les llevaba a la conclusión de que tal vez por allí en los alrededores de la chacra de Éder o en otro sitio no muy lejano pudiera haber oro.
Normalmente el oro se busca en los “placeres”, es decir, en lugares como pequeños ríos o arroyos donde el agua se remansa y el oro arrastrado, al ser muy pesado e inalterable, tiende a depositarse en el fondo en algunos lugares del curso del río, que actúan como “trampas”. El oro en esos placeres está en forma de arenitas muy finas o pequeñas escamas que solo se pueden aislar del resto de la arena a base de “batear” gran cantidad de material. Primero la arena se filtra en unos cedazos con mallas más o menos finas, porque es difícil que una pepita de oro llegue a tener más de 2 cms. de longitud, por ejemplo. Los materiales filtrados son luego echados en una batea, junto con agua del río. Las bateas son una especie de platos o bandejas. A base de ir agitando esos materiales y achicando el agua, se pueden decubrir en ellas algunos gránulos o pepitas de oro.
Naturalmente, si hay oro en algún arroyo es señal de que más arriba, en las rocas erosionadas por el agua, debe haber algún “yacimiento primario”, quizás cuarzo aurífero, arcillas o pizarras, que contengan el oro, en forma más o menos dispersa o concentrada, quizás incluso en forma de filones algo extensos. Encontrar un filón de oro es la máxima aspiración de todo buscador de oro.
Pues bien, unos días más tarde, con el pretexto de “ir de caza”, Victor acompañó a Éder a su chacra para realizar una “inspección” de los arroyos que por allí serpenteaban. Revolvieron toda la arena que pudieron en sitios en los que el agua se detenía, en las orillas y lugares más próximos al río. Naturalmente, todo fue en vano. El oro no se deja ver así como así. Entonces, ya avanzado el día, Victor propuso a Éder remontar el curso de uno de los arroyos, el más caudaloso, e investigar qué podría haber aguas arriba. Caminaron unas dos horas por el fondo de una quebrada profunda con paredes a ambos lados casi verticales, teniendo que escalar a veces por las orillas, pasando con frecuencia de una orilla a otra, cruzando el río por lugares difíciles con el agua a veces hasta el cuello. El río se precipitaba en algunos lugares en forma de cascadas de hasta más de tres metros de altura, formando pozos profundos al pie de la cascada. En esos lugares tenían especial dificultad para seguir remontando el río, pues era necesario alzarse por las orillas para superar la cascada. Allí llaman quebradas a valles estrechos y profundos por donde el agua corre; nosotros diríamos barrancos. Estos valles son a veces largos y llegan hasta muy arriba en las montañas. Aparte de las dificultades de ascender por esos valles casi impracticables, a veces en la selva amazónica están cerrados por la vegetación y sólo es posible seguir avanzando “echándose a nadar” por el mismo río. Después de haber mirado por todas partes se decidieron a volver, porque además las cosas empezaban a ponerse difíciles y la noche se les echaba encima. Llegaron a la chacra de Éder y pasaron la noche en ella. Aunque habían perdido el dia, no habían perdido del todo las esperanzas.
(continuará)

5 comentarios:

  1. Esperaré, aunque te confieso que ya no espero con tanta impaciencia el final, es agradable leerte...
    Un abrazo.

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  2. Todavía me das que pensar… no lo veo tan claro como Su. Así que espero el desenlace.

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  3. Jo! yo que pensaba que en el tercero tenía el final y me quedo con las ganas!!!!

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  4. Me está saliendo muy largo. Me parece que he preparado excesivamente la historia, porque la historia como tal, la que me han contado, empieza justamente ahora. Paciencia... Solo una "puntata" más ¿Se dice así?

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  5. No, está muy bien, así nos mantienes en vilo, además tus descripciones son muy buenas y entretenidas.

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