lunes, 6 de septiembre de 2010

La Casa




Capítulo I

Juan estaba sentado en la penumbra de la habitación, solo y silencioso, mientras fumaba un cigarrillo. En las últimas semanas las cosas se habían precipitado de una forma desastrosa. Su mujer acababa de abandonarlo llevándose a sus dos hijos. A esto habían precedido muchas discusiones, claro está, y momentos muy dolorosos. Nunca había llegado a entender del todo las razones de ella. Quizás su forma de ser, la de él, fuera demasiado simple para entender las complejidades emocionales, las pasiones y deseos, las frustaciones de una mujer. La verdad era que tampoco se había ocupado demasiado hasta el momento de comprenderlas. Su vida era su trabajo y todas su preocupaciones se cifraban en ir resolviendo uno a uno los problemas que cada día le deparaba. Las largas discusiones entreveradas a veces con gritos y lloros nunca obtuvieron resultado alguno. Solo habían servido para empeorar las cosas. Al final él había optado por encerrarse en un silencio persistente, dejando que su mujer siguiera hablando sin parar. Hasta que un día ella brevemente, de una forma seca, le comunicó, absolutamente seria, que se iba. Bueno, pues así fue.
Desde entonces su vida se había desorganizado por completo. Llegaba tarde al trabajo, no era capaz de concentrarse en sus tareas. Llevaba una vida privada sin horarios; a veces comía, a veces no comía. A veces se pasaba toda la noche fuera, deambulando por bares, calles y clubs; a veces se encerraba en su casa por días enteros, en el centro de un vacío, que le empezaba a asustar.
De repente aquella tarde en la que consideraba que su vida se encaminaba al abismo, se acordó de una pequeña herencia recibida de sus padres, en último término de sus abuelos. Se trataba de una casa de aldea, perdida en algún lugar de las montañas y rodeada de un poco de tierra. Hacía años que no había vuelto por allí. Casi no recordaba el camino por donde se podía llegar hasta ella.
-Hoy es sábado, se dijo a sí mismo. Desde luego no tengo nada que hacer. Son todavía las cuatro de la tarde, quizás me quede tiempo para llegar hasta allí y ver cómo está aquello.
No quiso pensarlo más, porque sabía que si lo pensaba no haría nada, más que encender otro pitillo y seguir allí como un estúpido compadeciéndose a sí mismo. Se levantó, cogió el abrigo, algo de dinero y las llaves del coche y salió de casa.
Condujo durante algo más de una hora, parte por carreteras secundarias. Caía la tarde cuando llegó al pequeño caserío. Allá arriba entre árboles y setos se escondía la casa de sus abuelos. Se acercó andando por una estrecha carretera. 
Cuando se asomó a su propiedad solo pudo ver unas paredes medio derruidas, un tejado en parte caído y la maleza rodeando y apoderándose de los restos de aquella casa donde habían vivido sus abuelos y nacido su padre. Por un momento tuvo el pensamiento de dar media vuelta y volver por el mismo camino por el que había llegado, pero algo le retuvo un instante y le hizo sentarse al borde del camino. Un pensamiento fugaz y absurdo:
-¿Y si me dedicase a reconstruir esta casa con mis propias manos? Por lo menos me distraería y me mantendría ocupado. Me ayudaría a olvidar, dejaría de pensar obsesivamente en ella y los hijos. En resumen, quizás esto sería la mejor terapia posible en esta situación mía. Probablemente no necesitaría más que la ayuda de un peón, o, mejor, de un cantero o un albañil. Quizás disfrutase con ello. Podría pedir la baja, o unas vacaciones, o aprovechar los fines de semana para, por lo menos, iniciar las obras.
Examinó atentamente los restos de las paredes que se mantenían en pie, paredes de piedra, con sólidos cimientos; allí había también buena madera, de roble y castaño, en puertas y ventanas y vigas, que todavía resistían el paso del tiempo. En aquel lugar se respiraba una paz infinita, el silencio se extendía sobre el campo, y el sol se hundía tras las montañas.
Se hacía tarde. Juan dió media vuelta y se dirigió a su coche. Condujo lentamente hasta llegar a un pequeño pueblo. Bajó del coche y entró en un bar. Eran ya casi las ocho y sentía hambre. Comió con gusto y se sintió bien. Luego emprendió el regreso. Cuando llegó a su casa eran las once de la noche.
(continuará...)



5 comentarios:

  1. Me mataste cuando ya estaba en el umbral de aquellas puertas… imaginando la casa. ¡Vas y cortas! Paciencia esperare la segunda parte. Saludos

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  2. Yo también me quedo esperando ;)

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  3. Hola Marisa y Su.- Me agrada mucho que seáis tan ávidas lectoras. Me anima. En el próximo capítulo tengo que abordar el tema de la reconstrucción de la casa y ahí tengo algún problema, porque yo nunca reconstruí ninguna. Me gustaría sacar algún término técnico. Marisa, si encuentras algo por ahí sobre la casa asturiana me lo mandas a la dirección de correo que figurará en mi perfil. Bueno, estos son los "gajes del oficio". Gracias por vuestro comentario. :)

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  4. Buena historia mirlín. Cuando yo reconstruí mi casa de aldea asturiana, con los escombros que no servían le pedí a alguien de mi familia que construyera un camino. Podemos crear nuevos caminos con aquello que se acaba.Así, como en la vida misma, todo se va integrando.

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  5. Bienvenida Mar a este humilde blog. Me parece muy filosófica tu idea. "Con las amarguras viejas, blanca cera y dulce miel..." Creo que conozco esa casa y ese camino...;) Un abrazo.

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