viernes, 10 de septiembre de 2010

La casa III


Capítulo III

Terminada la casa, y ya mínimamente amueblada, Juan empezó a cogerle afición, de tal manera que siempre que le era posible se quedaba allí el día entero y aun varios días seguidos. Siempre tenía algo que hacer por allí, dentro de casa o en sus alrededores. Cultivaba un pedazo de huerta, cuidaba algunos árboles y flores, trasteaba, reparaba. A lo largo del año aprendió a distinguir y a gustar de las estaciones, el invierno y el verano, la primavera y el otoño; todo cambiaba notablemente a su alrededor en aquel ambiente rural, en medio del campo. La vida tenía su encanto especial en cada una de las distintas estaciones:
El invierno era la estación adecuada para estar en casa haciendo cosas, no solo leer y escuchar música, sino también reparar muebles viejos o deteriorados, arreglar alguna herramienta, pelear con la estufa hasta conseguir hacerla tirar, ajustar bien las puertas y ventanas, ordenar cosas, preparar un potaje... y también para disfrutar del “calorín” de la cama bajo las mantas y de excelentes siestas.
La primavera era como un constante milagro: El ronroneo de abejas e insectos, el florecer de los campos, el aire tibio, el endiablado piar de los pájaros, la lluvia y el viento...
¿Y qué decir del verano, del espléndido verano, con sus cielos azules y sus nubes blancas, eternas viajeras, el olor de la hierba recién cortada, los días largos,...? En verano solía sentarse horas enteras a la puerta de su casa mirando los prados, el bosque, las montañas, sin hacer nada y casi sin pensar en nada. De vez en cuando alguien pasaba por la carretera y se entretenía unos minutos con él hablando de cualquier cosa.
El otoño tenía en la aldea un sabor especial: Era el tiempo de la cosecha, de las manzanas, los higos, las patatas, el maiz, las castañas... Todavía en algunas casas se conservaba la costumbre de las “esfollazas”, que constituían una fiesta, una hermosa fiesta rural, con su sidra, sus “bollos preñaos” y sus inocentes juegos y cantares. En noviembre se celebraba una fiesta especial a base de sidra y de castañas asadas o cocidas al fuego, que llamaban el “magüesto”.
Habían pasado ya dos años desde la ida de su mujer. En todo aquel tiempo apenas la había visto una docena de veces, y siempre había sido por motivos puntuales, por cosas de papeles o de dinero, y apenas habían cambiado cuatro frases “protocolarias” entre ellos. A sus hijos los había visto con cierta regularidad, pero tampoco demasiado. Sospechaba que para sus hijos, que vivían normalmente con su madre, empezaba ya casi a ser un extraño, una especie de “tío Max”, por el que conservaban cierto cariño, pero nada más. Su autoridad como padre se había venido al suelo.
Al fin no había habido ni divorcio ni nada. Las cosas estaban como habían quedado, y cada uno vivía su vida lo mejor que podía. Sin embargo, la imagen de su mujer no se borraba nunca del fondo de su conciencia. Era como una especie de “problema no resuelto”, que se agarraba allí al fondo de su corazón, como una herida abierta que nunca llegaba a cicatrizar. Sospechaba también que su mujer tampoco se sentía demasiado satisfecha con su “libertad”, y que empezaba a sentirse aburrida de su situación y un poco cansada, y que, en el fondo, se debía de encontrar tan sola como él, a pesar de haber querido hacer una cierta “vida social” con amigas y amigos, fiestas, reuniones y presentaciones. Pero entre ellos, entre Juan y su mujer, se había abierto como un abismo infranqueable, un abismo de silencio.
Por otra parte, su mujer estaba gratamente sorprendida de aquella iniciativa de su “ex” y aquel empeño sostenido por reedificar la vieja morada de sus abuelos. No lo hubiera considerado capaz de tanto, al verlo llegar diariamente a casa, mientras vivían juntos, cansado y malhumorado. Hasta había ido a “espiar” las obras en curso en días laborables en los que ella sabía que no podía encontrarse con él.
Llegó nuevamente el otoño con sus días cortos, sus leves lluvias y esa dulce melancolía propia de la estación. Por la casa recién reconstruída, solitaria y vacía, se extendía una suave tristeza, mientras se dejaba oir el gemido del viento por debajo de las puertas. En el exterior los árboles se despojaban de sus hojas y se sentía ya un cierto fresquito.
Un día de aquel otoño, avanzada ya la tarde, Juan llegó a su casa de la aldea. Venía de la ciudad, cansado y especialmente hundido. Esperaba que un par de días en aquel nido solitario le devolviera un poco de paz, o, por lo menos, le distrajera de sus “malos rollos”. También esperaba que aquella buena gente de la aldea le consolase un poco de su soledad y vacío.
Aparcado a cierta distancia de la casa había un coche, que le pareció conocido. Le extrañó un poco. ¿Qué podía hacer allí, en aquel lugar, aquel coche a aquellas horas avanzadas de la tarde? Al acercarse a su casa le pareció ver en la semioscuridad una figura cerca de la entrada, sentada sobre el pretil de la cerca, una mujer envuelta en un abrigo, que en el momento no reconoció por estar con la cabeza inclinada y el pelo sobre la cara, como si examinase algo en el suelo. A Juan le dió un vuelco el corazón. Al acercarse, ella levantó su cara hacia él sonriéndole débilmente. Era “ella”, su mujer.
Por unos momentos se sintió desorientado, sobresaltado, temió que hubiera pasado algo, aunque la expresión de la cara de su mujer era alentadora.
-¿Has venido...a verme? ¿Ha pasado algo?, balbuceó finalmente.
Hubo unos instantes de silencio. Ella fijó sus ojos en los suyos y respondió secillamente:
-No, he venido a quedarme.
Juan la tomó del brazo. Sin decir una palabra más, sin explicaciones, sin reproches, juntos, se encaminaron hasta la puerta. Juan abrió el “cuarterón” superior de la puerta con una pesada llave de hierro que guardaba detrás de unas macetas, luego corrió el pestillo interior y abrió la parte de abajo. La puerta, pesada, chirrió sobre sus visagras. En el interior reinaba la penumbra y un ambiente más bien frío, y se percibía ese silencio total de las casas de aldea. Juan y su mujer se miraron unos instantes y se sonrieron.
-¡Bienvenida a mi castillo!, le dijo Juan.
Afuera el sol, con solemne gravedad, extendiendo sus últimos y largos rayos dorados sobre los prados y los árboles, se escondía tras las montañas.

4 comentarios:

  1. A veces cuando uno se ve rodeado de la misma rutina siente que ha desaprovechado el tiempo, es entonces cuando muchos intentan cambiar la situación, arriesgándose a que al hacerlo les pueda salir bien o mal...tu cuento nos habla de eso, de cambios de vida, de decisiones arriesgadas, de equivocaciones y de cómo no, del triunfo del amor.
    Como moraleja añadiría; en la vida ni precipitarse, ni estancarse.
    Buena historia Mirlo.

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  2. Ya me imaginaba que ibas a reconciliarlos, jeje muy bonita la ilustración que has elegido para el post. beso

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  3. Bonita historia y buen final, me gusta la forma de redactarla porque consigue introducir al lector dentro de ella, casi ser partícipe. Yo que pasé bastante tiempo en la aldea y me tocó vivir esos días tristones de lluvia, conseguiste que los reviviera… No hay mejor olor que el de la tierra cuando empieza a llover. ¡¡Anda que no me pegue yo pocas “chupas”…!!
    Pero en esta historia ¿quién perdió? Saludos.

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  4. Gracias Su, y Su, y Marisa por vuestros comentarios. Yo creo que nadie perdió, Marisa,la gente cambia,a veces se rectifica y a veces se mejora. Quise insistir también sobre el valor terapéutico de hacer cosas y controlar un poco nuestra cabecita. Se me pasó lo del olor de la tierra mojada... La ilustrarión es de Chagall, ya sabes, Su. Me encanta ese pintor. Me gusta esa moraleja, Su. Y ojalá que al final siempre triunfe el amor, como dices, Su. :)

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