martes, 7 de septiembre de 2010

La Casa II




Capítulo II

Pasaron algunos días antes de que Juan se decidiese a volver a aquel lugar perdido en las montañas. Al fín llegó de nuevo un sábado. Hacía un hermoso día, lucía el sol y el aire era tibio. Comenzaba la primavera. Esta vez se vistió adecuadamente para emprender una tarea fuerte: desbrozar y limpiar todos los alrededores de la casa. También se había provisto de algunas herramientas, una guadaña corta y fuerte, que allí llamaban rozón, una hoz de mango largo, un pico, una pala... Cuando llegó a aquel lugar lucía el sol en la altura y empezaba a calentar. Sin más preámbulos puso manos a la tarea. Desde luego, no era un experto, pero se arreglaba más o menos bien. Poco a poco iba despejando la entrada de la casa y sus alrededores. Cuando dieron las tres de la tarde se decidió a hacer un alto para comer. Bajó hasta el bar de aquel pueblo próximo. Comió con apetito. Hacía tiempo que no lo hacía con tanto gusto. Se sentía bien. Bebió su buen vaso de vino. Charló con los paisanos. Se enteró de quién le podría ayudar en sus trabajos. Y volvió luego a su tarea con ánimo doblado y entusiasmo. Al caer el sol todos los alrededores de la casa estaban limpios de maleza y despejados. La casa medio caída se inscribía en el cielo rojo del atardecer. Juan se sentía casi feliz.
Aprovechando unos días de vacaciones en su trabajo y ayudado por un albañil-cantero comenzó la reedificación de la casa de sus abuelos. Primero hubo que desmontar el tejado y acabar de derribar algunas paredes; se derribó la cuadra para aprovechar los materiales. Luego vino el trabajo propiamente de cantería: Ir escogiendo las piedras más adecuadas, dándoles forma mediante precisos golpes de piqueta, colocándolas a continuación en la mejor posición sobre una lechada de cemento. Juan sabía que en las antiguas casas de aldea se utilizaba el barro como argamasa, el "barro de alfarero", que se obtenía a cierta profundidad, en pozos, y que mezclado con arena, "pegaba como liga", pero prefirió el cemento. Le encantaba aquel trabajo, alzar la piedra, examinarla y darle vueltas entre las manos hasta encontrar su “postura”, como decía Martín, su ayudante o más bien maestro, es decir, el experto cantero que le ayudaba. Trabajaban juntos uno de cada lado de la pared, sobre andamios a partir de un cierto nivel, andamios a los que tenían que alzar las piedras utilizando un cabestrante, nivelando y aplomando constantemente para que la pared quedase bien construída, sin "bombos". Poco a poco las paredes iban creciendo. Le producía una gran satisfacción el ver aquellas paredes sólidas, firmes, rectas, alzándose acogedoras, delimitando un “espacio habitable”, el viejo refugio del hombre errante. Construir una pared de piedra, de mampostería, es en gran medida una artesanía o incluso un arte no sencillo. Se construyeron los vanos de las ventanas y las puertas colocando umbrales, jambas y dinteles, unas magníficas piedras bien labradas, que para levantarlas necesitaron la ayuda de otros dos hombres y de cuerdas y poleas. Al antiguo estilo. Se cuidaron especiamente las esquinas, afirmándolas con grandes piedras labradas, sólidas y bien escuadradas. Finalmente y con toda la ayuda necesaria se alzaron las viejas vigas de roble, se dispusieron las soleras, las cerchas o tijerales y la cumbrera del tejado. Por último sobre el entablado del tejado se pusieron las tejas. En la entrada de la casa conservó el "portalón" típico de la región, de dos hojas de madera recia, una sobre otra, que permitía durante el día mantener la puerta semiabierta, como si fuera una ventana.
En el interior de la casa no fueron necesarios muchos tabiques. Prefirió dejar una gran sala que hacía al mismo tiempo de cocina y de salón, un pequeño cuarto de baño y dos habitaciones minúsculas, lo justo para alojar una cama y un armario. También en esto al viejo estilo. Hubiera sido bonito conservar el llar con sus cadenas y trébedes y la amplia chimenea bajo la cual se preparaba la comida con fuego de leña, pero a Juan ya le pareció todo esto demasiado complicado y sin utilidad, así que prefirió por el momento utilizar una cocina convencional. Eso sí, prefirió el suelo de madera de roble, a la baldosa. Para ello aprovechó restos de la antigua casa y de otras partes. Pinto, el diestro carpintero del lugar adaptó aquellas tablas y las colocó bien dispuestas. El interior de la casa casi vacío adquiría así un aspecto acogedor y cálido.
Durante cerca de un año Juan, aprovechando todos los días libres y de vacaciones, vivió absorbido por el trabajo de reconstrucción de aquella vieja casa rural. No pensaba en otra cosa, nada le producía más ilusión que ver cómo se iba levantando de nuevo aquel viejo edificio donde estaban sus raíces y algunos de sus recuerdos infantiles más queridos. Recuperó en gran medida su serenidad, y, aunque la imagen de su mujer no se le borraba nunca de la mente, fue capaz de llevar su vida adelante.
Por otra parte, todo aquel trabajo durante el año entero le había llevado a conocer mejor a la buena gente del pueblo y sus alrededores: Al viejo Celestino, que guardaba un verdadero tesoro de antiguas historias, a Amparo, la bondadosa dueña del bar donde hacía sus comidas, a su preciosa nieta Margarita, a Nolo, un rapaz sano y alegre, al “loco” Padilla, a Martín, su prodigioso cantero-albañil, gran profesional, a Pinto el carpintero, no solo gran profesional, sino también gran “decidor” de frases y chascarrillos, a la “bella Lola”, a Paquita “la cantadora”, a la vieja Amalia, que se empeñaba constantemente en preguntarle por su familia, a D. Teodoro, el párroco del lugar, un anciano sereno y amable. En fin, Juan había llegado a conocer al pueblo llano y sencillo, el verdadero.
Había conocido también el esfuerzo físico, a veces agotador, del trabajo, el sudor y el dolor, pero también la recompensa de un buen potaje y un vaso de vino, en la taberna, en medio del ruido de los paisanos, rudos y nobles.
(continuará....)

6 comentarios:

  1. Pues la reconstrucción te ha quedado muy bien... Continuaré a la espera de tu próxima entrada con ganas de saber más. Saludos.

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  2. Gtacias, Su. Ahora viene lo más difícil, el remate de la historia. A ver si me coge inspirado...

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  3. Mario! quiero más! Oye, por cierto, hay otra su, que bueno!

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  4. Ya ves. Asómate a su blog. Es asturianina, por lo que a mí se me alcanza. Gero arte!

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  5. Hola Mario ¿no dicen que en la música la parte final es la más apoteósica? Pues adelante lo que bien empieza, bien tiene que acabar. Saludos.

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  6. Estoy dándole vueltas. Creo que voy a buscar un final feliz, como en las películas americanas. A ver cómo me arreglo. Si me sugerís algo... ;)

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