lunes, 27 de septiembre de 2010

El oro de la quebrada I


Mini-prólogo
Este relato lo oí contar una noche en un caserío perdido de la selva amazónica. El que me lo contaba, al ver que yo no me lo creía del todo, me dijo muy serio: “Señor, está escrito”. Así que estoy seguro de que sucedió, porque “está escrito”. Yo, de todas formas, nunca he visto ese escrito, así que voy a tratar de reconstruirlo lo mejor que me sea posible con la historia que aquel hombre, aquella noche lluviosa, en uno de los lugares más remotos de la selva amazónica, me contó. Procuraré adornarlo con algunas observaciones reales que yo hice sobre la vida de aquella gente.

Capítulo I

Éder - ese era su nombre- era un “chacarero”, es decir, lo que aquí llamamos un labrador o granjero o ganadero. Quiero decir, un hombre que poseía una “chacra”. Una chacra es una tierra, constituída en su mayor parte por pasto para los animales, aunque también puede cultivarse en ella, sobre todo, maiz, arroz y yuca, así como algunos árboles frutales, como papaya, mangos, “pan del árbol”, cocoteros, plátano, cacao, café, toronjas, naranjos y limoneros. Estas últimas frutas no llegan a madurar, pero sí tienen un jugo muy sabroso y saludable. Éder no vivía en su chacra, sino en el pueblo, sobre todo por razón de sus hijos, que tenían que asistir a la escuela. La chacra estaba como a dos horas de camino del pueblo, metida en el bosque, y solamente permanecía en ella toda la familia en tiempo de las vacaciones escolares, que duraban entre dos y tres meses.
Éder poseía unas veinte vacas. En aquellos lugares no suponía esto una gran riqueza, como pudiera parecernos a nosotros. Eran vacas para carne, pues allí no se probaba la leche; la leche era solo para los terneros. Tampoco se comían los huevos de las gallinas, porque los huevos eran para “aumentar”, como decían ellos, es decir, para aumentar el gallinero. Aunque de poco les servía, porque la peste arruinaba con frecuencia toda la producción avícola.
Éder había preparado su chacra el año que se casó. El procedimiento era sencillo: Se pedía un permiso a las autoridades para preparar un terreno en pleno bosque virgen. No se regateaba la extensión. En aquellos tiempos los ecologistas no habían llegado todavía a aquellas remotas regiones. Solía decirse que te concedían todo el terreno que tú pudieras cerrar con alambre. Así que lo único que te costaba realmente era el alambre. Entonces el nuevo propietario, ayudado por algunos hombres de su familia, parientes, padrinos y compadres, talaba árboles gigantescos a puro golpe de hacha, desbrozaba, limpiaba y luego, en una temporada especialmente seca, sin lluvias, quemaba. A nosotros nos puede parecer horroroso eso de quemar en pleno bosque, pero allí no había peligro de que el fuego se extendiese. Gracias a Dios, esos bosques tropicales no arden así como así. Resultaba incluso difícil hacer arder una parcela, con los árboles abatidos y la maleza amontonada. Una vez relativamente “limpia” la parcela, que podía tener una extensión de varias hectáreas, con los troncos de los árboles atravesados, pues resultaba demasiado trabajoso retirarlos, plantaban maíz. Esto se hacía por los métodos más primitivos, sin arar la tierra y casi sin tocarla, simplemente abriendo un hoyo con el machete en la tierra y depositando la semilla. Arar la tierra resultaba de todas maneras imposible en aquellos bosques vírgenes, pues antes hubiera sido necesario sacar las raíces de los árboles cortados, profundas y gruesas, para lo cual carecían absolutamente de medios. Si las condiciones eran favorables se plantaba también arroz. El arroz era la base de su alimentación, un 'arroz blanco', sabrosísimo, del que nadie se cansaba nunca. Con el tiempo se iba preparando tierra para el pasto de los animales y se iban plantando árboles frutales. El propietario construía también su casa ayudado por sus parientes, en la chacra y en el pueblo. La construcción se hacía rápidamente una vez reunidos los materiales; en cuestión de días. Estas casas, llamadas “tambos”, eran únicamente de madera y de caña brava, cubiertas con un tejado de hojas de palma, llamadas “shapaja”.
Éder era muy joven cuando hizo todo esto. La gente allí se casaba con menos de veinte años. La vida era dura y corta y había que darse prisa para todo. Efectivamente, la malaria, las neumonías, las enfermedades intestinales y la parasitosis, la falta de higiene, y, a veces también, el hambre, las carencias alimentarias o la desnutrición, sencillamente se llevaban a mucha gente por delante, sobre todo niños. Los adultos estaban también amenazados por picaduras de serpientes o insectos, ataques de fieras o catástrofes naturales, que tampoco faltaban.
Durante la preparación de la chacra, que podía durar varios meses, los hombres vivían frecuentemente sobre el terreno, durmiendo casi al sereno en una precaria cabaña hecha con palos y ramas y se alimentaban fundamentalmente de la caza. Para eso salía diariamente alguno de ellos solo o en pareja a buscar por los alrededores. Iban armados únicamente de una escopeta de un solo cañón y un solo tiro, que ellos llamaban la “retrocarga”. Por si acaso, claro está, llevaban en el cinturón, a la espalda, cruzado, el “machete sable”, largo y cortante como un verdadero sable, una herramienta y un arma, que ellos sabían manejar con extraordinaria destreza. En aquellos tiempos en el bosque no faltaban “picuros”, venado, armadillos, ”saginos”, “huanganas”, una especie de jabalíes o cerdos salvajes,... También abatían a veces algunas aves, y esto va a ser la clave de nuestro relato.

3 comentarios:

  1. Tu blog está excelente, me encantaría enlazarte en mis sitios webs. Por mi parte te pediría un enlace hacia mis web y asi beneficiar ambos con mas visitas.

    me respondes a munekitacat@hotmail.com

    besos

    Catherine

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  2. Llego tarde pero voy con mucho interés a leer la segunda parte ;)

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  3. yo también, voy a por la segunda

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