jueves, 30 de septiembre de 2010

El oro de la quebrada II


Capítulo II

Victor había llegado a aquel pueblo hacía un par de años. Por aquel tiempo las comunicaciones eran escasas y toda aquella región estaba prácticamente aislada del resto del mundo. Efectivamente, la carretera, pues no había más que una, comunicaba varias pequeñas poblaciones entre sí, pero no con el exterior de la región. La única forma de abrirse al mundo exterior era el río, un río ancho y poderoso, digamos que navegable solo hasta cierto punto, pues había épocas en que con las intensas lluvias el río crecía de tal manera que el descenso por el mismo se hacía bastante peligroso, sobre todo debido a los “malos pasos”, lugares en que el río se encajonaba entre paredes rocosas y adquiría gran velocidad y turbulencia. Victor era comerciante. Enseguida se había dado cuenta de que en aquella región se necesitaban una serie de cosas que solo podían venir del exterior: gasolina, queroseno, telas, cemento, utensilios de cocina, herramientas, cerveza, maquinaria... El río era por entonces la entrada y la salida necesaria con el resto del mundo. Todavía no se había construído ningún aeropuerto, y aun por el aire el acceso no era fácil, pues era necesario traspasar algunas altas cordilleras para llegar hasta allí.
En aquella región no había mucho dinero, pero sí riqueza natural, sobre todo madera. Aquella región poseía una riqueza inagotable en madera, buena, excelente madera. También podía producir maíz, arroz, fruta, cacao y café, caña de azúcar, carne, pieles... De todas maneras, Victor no era un hombre acaudalado, solo un pequeño comerciante. No tenía el dinero suficiente para montar una gran empresa; solo para “trapichear” con más o menos fortuna con pequeñas cantidades de mercancía, eso sí, fuera cual fuera la mercancía, pues se las arreglaba para traer cualquier cosa que la gente pudiera necesitar. Pero la visión la tenía muy clara. Se daba perfectamente cuenta del gran futuro económico de aquella región. Así que llegó a aquel pueblo, alquiló un bajo bastante amplio y empezó a importar telas, cemento, cacharros,...
Victor era un hombre abierto, sonriente, amable, que simpatizaba enseguida con cualquiera que se acercase a él. Se las arreglaba para hacer amigos entre todos los pobladores, cuidando especialmente a las autoridades y a los servidores del orden público. Pero sabía también tratar con la gente humilde, era generoso, confiado y no negaba nunca un favor a cualquiera que se le acercase. Lo que no estaba claro era su “estado civil”. Tenía una cierta edad para estar casado y tener hijos ya, pero no se sabía nada a este respecto. Llegó solo y jamás hablaba de familia ni de nada parecido, que hubiera podido dejar atrás. Con el tiempo, claro está, trabó amistad más bien estrecha con una mujer un poco madura, que al mismo tiempo le cuidaba, le hacía la comida y le ayudaba en el negocio. Hasta dónde llegaban sus relaciones nadie lo sabía, porque si Victor era por una parte una persona simpática y abierta, respecto a su vida privada jamás hacía comentario alguno.
En las llamadas “bodegas” se hacía toda la vida social. Una bodega era sencillamente un local, de paredes desnudas, donde había un mostrador, una estantería y unas cuantas mesas y sillas. Detrás del mostrador solía estar el almacén donde se guardaban las bebidas, o más bien, la bebida, pues esta se reducía casi solo a cerveza; eso sí, una cerveza riquísima, que se mantenía fría en una nevera alimentada con queroseno. En aquellas bodegas se comentaban las incidencias del pueblo, se contaban viejas historias, se reía y se hacían negocios. Era la única distracción de los hombres, porque las mujeres no las pisaban jamás. Victor despachaba en su tienda hasta bastante tarde, pero nunca dejaba de asistir, aunque solo fuera por un rato, a aquellas reuniones. Si la noche estaba serena, es decir, si no llovía, aquella buena gente cogía la botella de cerveza, botellas de litro, y salía a la plaza a sentarse en los bancos. No solía faltar alguna guitarra para acompañar los boleros, los huaynos u otras canciones de la región. Era un ambiente muy agradable, mientras alguno no empezase a pasarse con la bebida y a ponerse pesado.
En aquella reducida población apenas había lugar para las clases sociales; todos se conocían y se trataban casi sin diferencia alguna, aunque unos fuesen “gente de trabajo”, es decir, agricultores, carpinteros o albañiles, y otros comerciantes, maestros de la escuela o funcionarios públicos. En una de esas bodegas fue donde Victor y Éder tuvieron una noche una interesante conversación.

5 comentarios:

  1. Esperaré con impaciencia para saber cómo sigue...te adelanto que todo lo que voy leyendo me está gustando. Un abrazo desde muy cerquita.

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  2. Según vas escribiendo me voy enganchando más en la lectura. Me lleva a la vida de mi abuelo muy similar. Emigrante a México, allá emprendió sus negocios y formo su vida. ¡Vamos que sigo esperando por tu siguiente entrada!

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  3. Pues espera que te cuente la vida de un antepasado mío, que transportaba dinero en el lejano oeste. Bueno, supongo que tendré que inventarme los detalles; pero ese antepasado mío existe. Saludos a mis dos lectoras. :)

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  4. Me encanta el Jazz, gracias por ofrecernos esta preciosa melodía.
    Volveré a escucharla de nuevo, mientras leo "El oro de la quebrada".
    Un saludo

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  5. Hola Ana María.- Este género del piano de Jazz me va mucho. Tranquilo, relajante... y con mucha sabiduría. Bueno, tendréis que esperar un poco por el siguiente capítulo de La quebrada del Oro... Saludos.

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