miércoles, 4 de agosto de 2010

Las grandes lluvias II


Capítulo II
Cuando Dani abrió los ojos no pudo entender dónde estaba. Quiso hablar y no pudo articular ni una sola palabra con claridad. Observó asombrado los rostros que se inclinaban ante él sin comprender quiénes eran y qué pasaba. Al cabo de unos minutos empezó a recordar confusamente algo. Como en sueños, se veía a si mismo y a su amigo Frank descendiendo por la escalerilla del avión; al pie de la escalerilla había dos hombres esperando; uno, con uniforme de policía, llevaba una metralleta; entonces su amigo Frank, que bajaba delante de él, sin decir una palabra sacó el revólver, alzó el brazo, y, sin que él pudiera hacer nada por impedirlo, disparó sobre ellos. Luego él sintió como un golpe seco en el pecho y un sabor caliente y salado en la boca. Después todo fue una confusión horrible: gente a su alrededor, gritos y disparos. Mientras se llevaba desesperadamente las manos al pecho sintió como si una cortina espesa cayese sobre sus ojos y entrase en una densa oscuridad; luego nada. Ahora se encontraba tendido en una camilla ensangrentada y estaba en algún lugar extraño; durante unos momentos fijó los ojos sobre el techo blanco de la habitación donde se encontraba y de nuevo perdió por completo la conciencia.
Dani tuvo que ser intervenido a vida o muerte inmediatamente. Afortunadamente su juventud y fortaleza hicieron posible que salvara su vida, aunque hubo de pasar un par de meses en el hospital. Su amigo Frank había salido ileso de aquella refriega con la policía, y aunque logró huir en un primer momento, luego, al verse acorralado, tuvo que entregarse. Frank estaba en la cárcel con muy graves cargos sobre él, pues el policía de paisano que les aguardaba para detenerles había sido gravemente herido y todavía convalecía en un hospital. Todo había sucedido tan rápida y fatalmente que a Dani aún le costaba creer que aquello hubiera sido realidad.
Una vez salido del hospital Dani tuvo que comparecer ante el juez y dar cuenta de sus actos. Varios de los integrantes de aquella banda habían sido detenidos y la banda desarticulada. Dani fue condenado a cinco años de cárcel. Aquellos años, largos y duros, hicieron mella profunda en su carácter. En aquellos interminables años su pensamiento y su recuerdo volvían con frecuencia a aquella noche tan especial en que había hecho algo por los demás. Era como un pequeño tesoro que guardaba en su interior. Cuando salió de nuevo a la luz de la calle muchas cosas habían cambiado en su cabeza.
Al salir de la cárcel se encontró sin saber a dónde ir. Durante algunos días se quedó con sus padres. Trató de buscar algún trabajo, pero su pasado delictivo se lo hizo muy difícil; además el trabajo no abundaba precisamente por aquellos tiempos. Un día recogió sus pocas cosas y le dijo a sus padres que tenía que irse, que esperaba que en otra provincia le ofrecerían algo. Así que se puso en camino inmediatamente. Esta vez no viajó en avión. Cogió un autobús y se dirigió a una pequeña ciudad de la cordillera. Luego siguió más allá, hacia la “montaña”, en diferentes medios de transporte. Finalmente cogió un bote y bajó por el río Z hasta una pequeña población. Allí desembarcó. Era X, el pueblo donde había ayudado hacía cinco años a vaciar las casas que se derrumbaban con la inundación. Algunas habían sido reedificadas. Pero el peligro persistía. Las inundaciones no infrecuentes del río seguían amenazando al pueblo. Y la gente seguía empeñándose en construir sus casas completamente pegadas al río. Dani vagó por el pueblo y sus alredores durante varios días. Nadie lo recordaba y no tenía a quién acudir. 
Al fin consiguió un pequeño empleo en el aserradero. Su indigencia era bastante grave, pero empezó a ser respetado por su dedicación al trabajo y su aire tranquilo y siempre dispuesto a ayudar. Poco a poco empezó a difundir la idea de que era necesario construir defensas contra el río y edificar casas más seguras empleando el hormigón y el ladrillo. Las razones estaban claras, pero todas estas razones se estrellaban contra la costumbre, la pereza y la falta de recursos económicos que padecía aquella comunidad. Al fin hubo una reunión abierta del ayuntamiento. Dani se levantó y expuso claramente sus ideas. Después de escucharle con atención fue apoyado y se nombró una comisión para estudiar el proyecto. Dani demostraba bastante capacidad para figurar en aquella comisión y fue incorporado a ella. Durante varios meses se trabajó en el proyecto. Al fín un día, coseguidas ya las ayudas necesarias, comenzaron los trabajos. Por supuesto, aquel día fue quizás el más feliz de su vida. Había conseguido por fin hacer algo realmente útil por los demás y se sentía bien consigo mismo. 
Cuando estuvo todo terminado, el muro y demás defensas, Dani estaba sentado celebrándolo con otros alrededor de una caja de cerveza. Alguien comentó algo sobre aquella noche fatal de hacía más de cinco años, “y, por cierto, - añadió el que estaba hablando – en aquella ocasión aparecieron por aquí un par de jóvenes forasteros, de los que nunca se volvió a saber, que arrimaron el hombro y dieron el callo como el mejor”. Dani lo miró por unos momentos y en sus labios se dibujó una débil sonrisa. Luego alzó el vaso y brindó con los demás: ¡Salud! 

4 comentarios:

  1. Está narrada, clara y amena, me gustó. Las personas son como la vida misma. No es como se empieza, si no como se acaba. Saludos.

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  2. Gracias, Marisa. Hay algo de verdadero en esta historia. Me hubiera gustado conocer los hechos más en detalle. ;)

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  3. Que bien escribes Mario, además es muy entretenido y entrañable.

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  4. Merci bien, madame... Por cierto, a mí también me encantó tu relato del suizo de hace unos días. ;)

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