martes, 27 de julio de 2010

El Náufrago (y III)


Capítulo III
Efectivamente, al día siguiente uno de sus amigos fue nombrado “rey”. Él mismo se convirtió en su “primer ministro” y el resto de su camarilla ocupó los diversos cargos, la defensa y guardia del poblado, la elaboración de leyes y administración de justicia, la distribución de las tierras, la recaudación de impuestos, etc.. La tierra fue parcelada entregando a cada hombre adulto, que tuviera al menos una mujer, una pequeña propiedad que él tenía que hacer producir no solo para alimentarle a él y a su familia, sino también al “Estado”, es decir, a todos los jefes y administradores, así como a la gente de armas. Es decir, se crearon impuestos y rentas. Se creó también un “ejército” de hombres jóvenes y fuertes y se les enseñó a usar de forma efectiva las armas; a ese efecto se fabricaron escudos y lanzas, arcos y flechas, mazas y porras... Se les enseñó a obedecer sin rechistar a sus jefes y a proceder de forma contundente bajo sus órdenes. Se inventó el “dinero” constituído por objetos curiosos no muy abudantes, como piedrecitas, collares, conchas, pequeñas chapas metálicas brillantes... Se les enseñó a contar aquellas cosas haciendo montoncitos de cinco, los cuales a su vez formaban grupos de cinco, etc.. El que más montoncitos tenía de aquellas cosas curiosas, que habían decidido llamar su “dinero”, resultaba ser más importante y poderoso. Enseñaron a sus vecinos a codiciar aquellos abalorios. Con ellos comenzaron a “negociar”. El negocio consistía en obtener más por menos. Es decir, en engañar a sus posibles clientes, en resumidas cuentas. Incluso aquel dinero, que en un principio se había inventado como simple medio de trueque, acabó por adquirir consistencia y valor por sí mismo; se almacenaba y guardaba con cuidado, se multiplicaba mediante oscuros cálculos, se prestaba, y se recobraba acrecentado, se utilizaba para contratar “desocupados” o “desesperados” capaces de hacer cualquier cosa. Se empezó con aquella fuerza militar recién organizada a hacer incursiones por los poblados vecinos para traer gente, hombres y mujeres, a la que obligaban a trabajar para ellos, se fueron adueñando de otras tierras; si en algún poblado les hacían frente, destruían el poblado, y quemaban sus chozas. En seguida empezaron a ser “respetados”. Lo malo fue que los otros pueblos aprendieron también a organizarse, elaboraron también armas y les empezaron a presentar una feroz resistencia. Resumiendo, nació la guerra, la destrucción, la codicia, la esclavitud, la desigualdad, la mentira, la ambición, el odio, la soberbia,... Las mujeres fueron postergadas y reducidas al silencio y la obediencia, sus sentimientos humanitarios fueron ridiculizados y pisoteados, fueron obligadas simplemente a “producir” más hijos para el Estado, a “servir” humildemente a sus nuevos “señores”, y a satisfacer los torpes deseos de los más poderosos. Los niños fueron “educados” desde su más tierna infancia en las nuevas ideas, se les enseñó a “valorar” el dinero, a contarlo con cuidado y a codiciarlo, y los jóvenes fueron entrenados eficazmente para la guerra y el uso de las armas desde su adolescencia. Aquellos antaño felices pobladores se convirtieron en soldados o bandidos, aprendieron a codiciar riquezas, a gustar de todos los vicios, se hicieron crueles, cínicos, violentos; aparecieron las clases, los ricos y los pobres, los siervos y señores, los propios y extraños,...
Un día nuestro náufrago asustado al ver los males a que les habían llevado sus ideas “revolucionarias” decidió huir. Durante la noche se deslizó entre las sombras y desapareció del poblado. Enseguida fue detectada su ausencia y comenzó la búsqueda. Después de muchos días fue encontrado el huído, exhausto, hambriento y al borde de la consunción. Fue arrastrado de nuevo al poblado. Se le formó juicio y terminó siendo acusado de intento de “colaboración” con el enemigo, una tribu con la que entoces se hallaban en guerra. Fué inútil que él les quisiera explicar que había desistido por completo de sus antiguas ideas. Nadie le creyó. Aquella misma noche fue conducido hasta la orilla del mar, y a la mañana siguiente le dieron una bolsa con algunos alimentos, lo pusieron en una canoa, le entregaron un remo y le ordenaron que desapareciese para siempre de su vista. El náufrago remando con cansancio sobre la plateadas aguas del océano se fue alejando poco a poco entre la niebla y el mar. Su figura se fue difuminando en el borroso horizonte, silenciosa y tristemente. Cuando horas más tarde se levantó la niebla y el mar resplandeció con el sol de la tarde el náufrago había desaparecido.

4 comentarios:

  1. Precioso, dejaron de ser salvajes… para volverse civilizados…
    ¡puaff! Una pena. Saludos

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  2. Y yo me quede sin mi "giro inesperado"... y parece que la vida da a cada uno lo que es suyo. Aun.

    Saludos señor.

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  3. Gracias por vuestros comentarios. Ya veo que habéis seguido "apasionadamente" el desarrollo de la aventura. Pero yo me quedo con el interrogante, que me 'quema', del "giro inesperado" de Maile. Todavía estamos a tiempo de cambiar el final. Ya sabes, esto es como en las películas... Si ese giro inesperado es bueno, pues reeditamos y arreglamos el final. El relato está inspirado en 'El sueño de un hombre ridículo' de Dostoyevski, como os decía el otro día. Habría que consultarlo...Saludos, amigas.

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  4. Tú lo has dicho, el náufrago obtuvo su "trueque"...
    Un saludo

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