lunes, 26 de julio de 2010

El Náufrago II



Capítulo II

De todas formas aquella forma de vivir no le acababa de encajar en su cabeza a nuestro náufrago. No hacía más que preguntarse cosas. ¿Y si a alguno de aquellos pueblos que rodeaban al suyo le diera por ocupar su territorio, robarles sus cosechas o sus animales, raptar a sus mujeres o a sus niños? ¿Y si unos extranjeros llevados de su codicia se adueñaran por las buenas de aquella tierra? ¿No resultarían más productivos aquellos campos si se parcelaran y distribuyeran entre los pobladores, incentivando – esa era la palabra – de esa manera el trabajo y multiplicando su rendimiento? ¿Por qué - se preguntaba él – no facilitar el comercio mediante algun sistema monetario, como piedras de colores, conchas marinas u objetos metálicos, algo que brillase y sirviese al mismo tiempo de adorno para las mujeres, y, tal vez, también para los hombres? Naturalmente entonces habría que enseñar a la gente a contar, a sumar y restar,.. Para conseguir una mayor producción sería necesario – concluía – incentivar también el consumo, animar a la gente a tener mejores casas, a comer más abundante y sabrosamente, a disfrutar mejor de la vida y servirse incluso de otros para aliviar su trabajo. Podrían quizás traer gente de otros poblados que les sirviesen a ellos y de esta manera podrían dedicarse mejor al descanso y disfrute de las buenas cosas. Por último, no acababa de entender que allí no hubiera jefes. No había con quien tratar. Todas las decisiones se tomaban en común, pero aquello resultaba demasiado complicado. No resultaba “operativo”. No había “autoridad”, en una palabra. Y si las cosas resultaban mal ¿a quién cargarle la culpa? Lo que más le asombraba era que las mujeres hablaran y expresaran sus pensamientos y tomaran decisiones en pie de igualdad con los hombres. En resumidas cuentas, allí no se conocía nada de aquello a lo que él estaba acostumbrado: autoridad, jerarquía, obediencia, organización, eficiencia, disciplina. Aquello -concluía – evidentemente no podía funcionar, no tenía futuro. Lo que no se explicaba es que siguiera así después de – probablemente - miles de años. Estos pensamientos le mantenían desvelado por las noches, acostado en el suelo sobre una esterilla y rodeado de hombres, niños y mujeres, que se entregaban confiadamente al sueño.
Empezó tímidamente y con mucha prudencia a exponer en aquellas reuniones públicas sus pensamientos. La gente no le entendía y no sabía de qué estaba hablando. Entonces cambió de táctica. Tenía algunos amigos especialmente leales. Con ellos se expresaba con más libertad. Poco a poco les fue metiendo en el cuerpo la idea de que era necesaria una autoridad para gobernar a aquel rebaño y de que no les sobrarían algunas armas “efectivas” por si acaso, por supuesto, solo para defenderse, puesto que nunca se sabe; él mismo hubiera podido resultar peligroso si le hubiera dado por seguir sus malas inclinaciones. Especialmente, les decía, eran necesarias leyes, acompañadas, claro está, de sus correspondientes castigos, porque no se podía esperar a que la comunidad decidiese lo que había que hacer, dónde estaba el bien y el mal. Y las costumbres, claro está, cambian. Hoy día ya no sirven las cosas que les eran útiles a nuestros antepasados, les decía. Las costumbres debían seguir a las leyes – proseguía luego - y las leyes debían ser elaboradas por gente especial, gente que entendiese. Claro, estas personas, autoridades y hombres de leyes, gente de guerra, comerciantes, tendrían que ser sostenidos por la comunidad. Por eso era necesario que “se aumentase la productividad, que se crease un 'excedente', quizás podríamos emplear mano de obra barata...”. Estos razonamientos eran completamente asombrosos para aquellos ingenuos habitantes, pero poco a poco fueron infeccionando sus mentes. Resultaban, por otra parte, completamente “razonables”.
Un día, o más bien una noche, expuso de una forma clara ante toda la comunidad la necesidad de que allí hubiese jefes, que tuviesen poder y autoridad, apoyados de una guardia capaz de hacer cumplir órdenes. Esta vez, algunos hombres, sus amigos, apoyaron decididamente la propuesta. Después de muchas discusiones y de mucho griterío triunfó la propuesta. Inmediatamente se decidió que al día siguiente se nombrasen un “rey” con su correspondiente corte y algunos “asistentes” bien armados, por el momento con hachas y machetes, después ya se vería, para dar “fuerza de ley” a sus decisiones. Las reuniones plenarias de la comunidad quedaban indefinidamente aplazadas, porque resultaban a partir de entonces inútiles. El rey y su corte resolverían todos los problemas. Y los demás a "callar y obedecer", algo que por el momento nadie entendió de qué se trataba.
(continuará...)

4 comentarios:

  1. Precioso cuento. Espero el final, me temo que ya lo estoy intuyendo.
    Saludos.

    ResponderEliminar
  2. Sí, Marisa, el final ya se puede intuir. El cuento está inspirado en "El sueño de un hombre ridículo" de Dostovyeski. Lo leí hace mucho tiempo y no lo tengo a mano, pero por ahí iba la cosa. Por cierto, esto es como lo de la novela por entregas... Saludos y felicidades por tu blog. ;)

    ResponderEliminar
  3. Puede que si, que se pueda intuir el final.
    Yo confio en un giro inesperado.

    Saludos señor

    ResponderEliminar
  4. El final mañana, porque luego me iré a mi temporada de baños... Saludos, señora... ;-)

    ResponderEliminar