sábado, 24 de julio de 2010

El Náufrago I


Capítulo I

Hace mucho, mucho tiempo un hombre pudo salvarse milagrosamente de un naufragio y llegar solo, en un pequeño bote, a una tierra extraña, que por el momento él supuso desierta, y que, al parecer, ni siquiera figuraba en sus mapas. Afortunadamente pudo alimentarse durante algunos días de las provisiones que había logrado llevar consigo, pero al quedarse sin nada que comer tuvo que explorar aquella tierra en busca de recursos o pobladores. Anduvo muchas leguas al límite de sus fuerzas por bosques y barrancos, desiertos y montañas sin encontrar a nadie. Al fin, después de traspasar una elevada cordillera, pudo desde la cima de una montaña divisar allá abajo un pequeño valle escondido, recogido, rodeado de altas cumbres. En el valle se adivinaban algunas señales de presencia humana. Efectivamente, aquello que el pobre náufrago veía desde arriba parecían campos de cultivo y árboles frutales, incluso pudo ver también algunos animales. 
Poco a poco y con muchas precauciones fue bajando de las alturas. Por si acaso empuñó firmemente el cuchillo, que llevaba consigo, dispuesto a repeler cualquier posible ataque. Al acercarse a los campos descubrió a dos hombres, que se le acercaron confiadamente. Aquellas personas hablaban un lenguaje extraño, pero se mostraban amistosas. El náufrago fue conducido a un poblado, donde fue recibido con gran curiosidad de una forma amable. Los niños especialmente se le acercaban a tocarle como para asegurarse de que no se trataba de una aparición de otro mundo y las mujeres, al verlo tan enflaquecido y agotado, le sonreían con compasión y dulzura. Por señas y como pudo les dió a entender que él venía del mar y que no podía volver a su casa, porque su casa estaba lejos, muy lejos. Ellos le dieron de comer y pudo reponer sus fuerzas. Después de algunos días fue admitido definitivamente en su poblado - ¿a dónde podía ir? - y con el tiempo llegó a formar parte de su misma población. El náufrago fue aprendiendo poco a poco su idioma y sus costumbres, que, por cierto, le producían gran admiración.
Efectivamente, los campos y los animales eran comunales, no existía propiedad privada. Vivían todos en una gran casa hecha de cañas y barro y cubierta con hojas de palma. Iban casi desnudos, comían juntos con gran regocijo, cantaban y bailaban con frecuencia, y se reían abiertamente por cualquier cosa. Eran expertos pescadores y diligentes recolectores de frutos silvestres. Cultivaban campos de arroz, maiz, yuca y poseían árboles frutales, mangos, papayas, aguacates... No pasaban hambre ni necesidades, vivían en una paz paradisíaca. Había muchos niños y las mujeres eran hermosas.
Pero había algunas cosas que le extrañaban mucho; por ejemplo, no tenían jefes. Todos los problemas eran discutidos largamente en público entre todos. Allí se tomaban acuerdos y las mujeres llevaban con frecuencia la voz cantante en aquellas discusiones. No poseían armas, como lanzas, arcos y flechas o escudos. Lo único que tenían era sus manos y unas pocas herramientas, como hachas y machetes, cuya procedencia él no acertaba a explicarse. Nunca presenció una discusión fuerte entre ellos ni una riña, aunque sí observó que las diferencias, que surgían entre ellos, eran arregladas a veces en aquellas largas sesiones, donde eran también administrados algunos leves castigos.
En algunas ocasiones estos pobladores hacían largas incursiones lejos de su poblado y él los acompañaba para poder así conocer mejor aquella tierra. Pronto pudo persudirse de que se trataba de una extensa tierra y no de una isla. De esta manera conoció otros poblados. Lo curioso era que todos eran más o menos parecidos al que ya consideraba suyo: Gente amable y pacífica, hospitalaria y alegre, con todas sus necesidades básicas cubiertas, grandes andarines, buenos agricultores y expertos pescadores. En todos los poblados pudo ver muchos niños que se le acercaban sin ningún reparo y se reían mucho de sus barbas y de sus pelos largos. Por supuesto, aquella gente no poseía escritura ni sabía contar más allá de siete, y realizaban un comercio mínimo, que hasta donde a él se le alcanzaba, no sabría distinguir del simple intercambio de regalos. Efectivamente, siempre que una pequeña partida de aquellos hombres llegaba a un pueblo llevaba consigo unos “dones” u ofrendas, a lo que los otros correspondían de manera proporcionada. De esa manera había intercambio de objetos y alimentos, pero no se podía llamar comercio, porque además no había beneficio ninguno por ninguna de las dos partes. Más bien se trataba, como hemos dicho, de un intercambio de regalos. A veces, se quedaban en aquel poblado varios días sin que a nadie se le ocurriera pedirles nada. Si tenían hambre tomaban frutos de los árboles y lo que ya no necesitaban lo dejaban tranquilamente en el primer poblado por el que pasaran. Nuestro náufrago estaba francamente maravillado.
(continuará...)

2 comentarios:

  1. Tan aislada que la sociedad moderna aun no habia podido contaminarla.
    Mirlo ¿quedan islas asi todavia?

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  2. Hola , Maile. Este cuento es una fábula. Con "muy mala intención", como verás en los dos capítulos siguientes. Yo creo que hay muy buena gente en todas partes... especialmente entre los pobres. Lo malo son las "estructuras" o "el sistema", qué sé yo...
    Gracias, por tu comentario, Maile. Y que sigas haciendo buenos poemas. Me gustan especialmente algunas expresiones tuyas, "los deseos dormidos" y cosas por el estilo. :)

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